Josep Lopez

Por Josep López Romero, periodista y escritor. Autor de «La ilusión»  (Ed. Planeta) Conferenciante de Thinking Heads

El año pasado los ciudadanos del mundo asistimos a un hecho sorprendente: Barack Obama, joven y de raza negra, ganó contra todo pronóstico, y desafiando la historia de su país, las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos de América. Su contrincante republicano, John McCain, provisto, a priori, de mayores apoyos, reconoció de inmediato que algo había faltado en su campaña. ¿Qué es lo que sí tuvo Obama y le faltó a McCain? Para mí la respuesta es clara: capacidad de ilusionar.

Podríamos decir que Obama era (y supongo que es) un «líder ilusionado», pero es posible que cayéramos en una redundancia, pues para ser un líder hay que tener ilusión, es decir, lo primero sin lo segundo es inconcebible. Sin ilusión no hay verdadero liderazgo. Es una ecuación sencilla: si tienes ilusión puedes ilusionar (puedes comunicarla, contagiarla), y si puedes ilusionar, puedes liderar. La ilusión, de hecho, podría considerarse desde ya como un intangible más en el balance de cualquier empresa u organización, pues, a diferencia de la motivación, tiene raíces profundas en las personas. La separación entre ambos conceptos es sencilla: un buen sueldo o un buen horario pueden motivar, mientras que sólo un buen proyecto puede ilusionar.

Tener una ilusión y compartirla es también una responsabilidad. Por ello, las personas que dirigen equipos o grupos deberían ser conscientes de que aquello que sienten es lo que transmiten. Si realmente están convencidos de las bondades de su particular «yes, we can» [sí, podemos], los demás les creerán y aportarán sus talentos. Si dicen «yes, we can», pero en el fondo piensan «no, we can’t» [no, no podemos], sin duda, el proyecto que estén liderando en ese momento tendrá serias dificultades para prosperar.

¿Quiere decir eso que un líder no puede tener dudas, grietas, pequeñas o grandes desilusiones? En absoluto. Incluso el líder más sólido puede sentir en algún momento que no puede, que sus ilusiones se desdibujan o hasta se desvanecen. No pasa nada. Mejor dicho, sí pasa: ese líder tiene ahí una gran oportunidad para demostrarse a sí mismo que lo es. Todos podemos sentir en algún momento que la situación nos supera o que aquello que habíamos soñado no se hará realidad porque los obstáculos son demasiado grandes. Es humano. Lo importante es no negar ese sentimiento, sino reconocerlo y hacerle un lugar. Y aceptar que a veces hay que caer para luego levantarse y seguir adelante con otra perspectiva de las cosas y con un nuevo aprendizaje en la mochila.

Sería interesante poder medir el grado de ilusión de las personas en general y de los líderes en particular. ¿Se imaginan disponer de un ‘ilusionómetro’ que nos dijera si alguien está ilusionado con un proyecto o no? De momento no existe, por lo que no podemos saber si, por ejemplo, la ilusión de José Luis Rodríguez Zapatero es la misma que cuando accedió al poder hace unos años. Sería bueno saberlo, pues si la ilusión es necesaria para vivir, todavía lo es más para salir de una crisis.