Foto: Joe Zachs

En Bombay una tupida y organizadísima red de repartidores de comida funciona cada día con la precisión de un reloj suizo. Unos 5.000 «dabbawalas», como son conocidos estos recaderos, se las ingenian para repartir alrededor de 200.000 tarteras diarias a sus clientes, oficinistas del centro. Dada la magnitud de Bombay, la segunda ciudad el mundo, que la mayoría de los «dabbawalas» son analfabetos y que Harvard les atribuye menos de un error por cada seis millones de entregas, las escuelas de negocios se han quedado maravilladas con este servicio, totalmente integrado en la cultura de la ciudad, que pusieron en marcha los colonos ingleses hace más de cien años.

Pero cuanto más se sabe de las peripecias del trabajo de los «dabbawalas», más mérito tiene la calidad de su servicio. Porque cada «dabba», por lo general una lata cilíndrica de hojalata o aluminio, recorre una media de 60 kilómetros diarios, lo que implica algunos transbordos en algunas de las estaciones de trenes que cruzan Bombay y un inevitable cambio de manos.

Un sencillo código de colores basta para indicar a los «dabbawalas» el trayecto de la tartera, que empieza en la casa del ejecutivo, donde recogen su mercancía, y se prolonga hasta la oficina en cuestión. Entremedias, la comida se reorganiza en estaciones o trenes, donde los repartidores disponen a menudo de un vagón reservado. Se calcula que cuatro «dabbawalas» intervienen en cada entrega. La comida siempre llega puntual y, después, ellos mismos se encargan de devolver el envase a la casa del cliente