Jesús Calleja, aventurero.

Es difícil que Jesús Calleja, impulsor de «Desafío extremo» y el actual «Desafío vertical» esté quieto más de cinco minutos, sobre todo cuando está preparando una nueva temporada de su programa y tiene un pie en el avión para viajar al Amazonas. Recién llegado de entrenar, nos reservó un hueco para recordar sus primeros pasos en el mercado laboral, repleto de iniciativas que, en realidad, apuntaban a un único fin: viajar por todo el mundo, contarlo y, de paso, ayudar en lo posible, como la reciente campaña de ayuda que impulsó desde su web –www.jesuscalleja.com– para los damnificados por las  inundaciones en el norte de la India en agosto de 2010.

Seguro que sus primeras pesetas las ganó de bien pequeño…
¡Y tanto! Aparte de las propinillas y trabajos varios en familia, aprovechaba para colarme en la peluquería de mis padres en León. Hacía tiestos con trozos de plaquetas de cerámica y les daba salida. La verdad es que, como no fui un estudiante brillante –tenía la cabeza siempre muy lejos, en plena ebullición–, trabajaba en todo tipo de cosas, siempre con el objetivo de tener dinero para viajar por el mundo y emprender aventuras.

De hecho, antes de encauzar su vida definitivamente hacia la aventura no había quien lo siguiera…
Pasé por bastantes etapas, ya que una vez terminado el bachillerato, empecé Formación Profesional de Electrónica, con 16 años me subía por los tejados para instalar antenas que permitieran ver el UHF –segunda cadena– de aquella época, me fui voluntario a la mili con 17 años para quitármela de encima cuanto antes, trabajé en una peluquería –es curioso el tiempo que pasé en un espacio de un par de m2–, en un taller de coches, saqué el título de piloto de avión y helicóptero, etcétera.

¿Cuándo empezaron los viajes?
Toda la vida he viajado, desde que mis padres montaban la baca en el SEAT 850 –luego un SIMCA 1000– y nos íbamos de viaje por Europa, por ejemplo, a los Alpes. O me perdía por las montañas de mi tierra. Desde siempre, mi mente estaba en viajar por el mundo, «daba la brasa» a mis padres con que quería ser astronauta y que iba a escalar el Everest… Todo se definió cuando, nada más terminar la mili, viajé a India, Nepal, Tailandia y África: fue una experiencia tan bestial que, desde entonces, no he parado.

¿Imaginaba entonces que podría contar todo esto en un programa de televisión?
La verdad es que había material, entre los viajes que te he contado, mis años de guía de montaña en el Himalaya y los Andes, viajes en moto como el que hice a Egipto y Jordania en tiempos de la primera Guerra del Golfo… La idea surgió cuando conseguí hacer cumbre en el Everest. Después de echarnos unas lágrimas mi padre y yo cuando le llamé nada más coronar, llegó el tiempo de bajar. Pensé en lo mal que lo había pasado y en todo lo que había hecho: las siete cimas más altas, las grandes travesías, el París-Dakar… ¿Por qué no cuento todo esto en un programa? Lo que parecía un delirio, un mal de altura, se convirtió en «Desafío extremo» gracias a Cuatro, la cadena que confió en mí, y a personas como María Ruiz, mi actual socia y copropietaria de Zanskar Producciones. Creo que dimos con un formato curioso –yo mismo grabándome con una cámara– …pero es que no había presupuesto y no había más remedio.

Y aún queda recorrido…
Pues me cogéis a punto de empezar con la nueva temporada de «Desafío extremo». El primer objetivo es volar en globo sobre el Amazonas –intentando establecer un récord de distancia recorrida– para, en un punto determinado, «rapelar» hasta el suelo y buscar una salida. Después, llegarán unos cuantos meses de Antártida, grandes montañas, más selva, submarinismo… Y estamos en antena con «Desafío vertical», los domingos por la noche en Cuatro: los espectadores podrán ver todo tipo de situaciones sufridas por los tres «urbanitas» finalistas en el empeño en «rapelar» por el Salto del Ángel. Pudo pasar de todo en uno de los lugares más aislados del mundo.

En casa que no le esperen…
Pisaré poco Madrid y León, donde vive mi hijo de 17 años –le adoptó en Nepal– en un pisito junto a dos amigos más. Quedan muchos desafíos por vivir, sin perder de vista que es más importante el camino que el destino final.