Antonio de Felipe (Valencia, 1965), nos hace un hueco mientras prepara  nuevas exposiciones, la próxima en Alicante. El pequeño Antonio que asombrara a familiares y amigos con sus dotes para el dibujo y la pintura ha encarrilado una carrera –pintura, serigrafía, escultura…– que le ha colocado como indudable poseedor de una marca personal, de un estilo presentado lo mismo en París que en Seúl, en Roma que en Perú. El Cristo de Velázquez o sus meninas, Audrey Hepburn, iconos publicitarios ‘revisitados’… son solo una parte del ‘universo De Felipe’, cuya última entrega hasta la fecha es ‘LPop’, su interpretación de populares portadas de discos de los de toda la vida: ‘un guiño irónico y nostálgico sobre discos que han marcado momentos de la vida de millones de personas ».

¿Cuál es la primera de sus obras que conserva?
Empecé muy pequeño, pero casi no conservo obras de mis comienzos. Sí  dibujos, relacionados muy directamente con mi familia. El primero, con mi padre: estaba jugando con unos amigos y como estaba dando el ‘coñazo’ –tenía yo 4 años– me dio un caballo de espadas, una tarjeta de visita y un boli para  que dibujara algo. Le dibujé el caballo y lo guardó en su cartera toda su vida hasta que murió –no pudo disfrutar de ver que cumplía mis objetivos–. Ahora la guardo yo. Y otra con mi abuelo: hablaba con un amigo suyo tendero sobre lo bien que yo dibujaba a los 10 años, y como no se lo creía, me pidió que dibujara un billete de 1.000 pesetas: al día siguiente, se lo dio, y coló. Eso sí, le avisó de la trampa.

Desde luego, contaba con el apoyo de su familia…
La verdad es que tuve su apoyo absoluto, por lo seguro que me veían. Pero, antes del arte, trabajé como modelo en Valencia: anuncios de todo tipo y muchos de ellos, de manos: las mías aparecieron en un cartel electoral,  introduciendo el voto en una urna, o en un anuncio de Turrones Picó, etc. Cuando empecé Bellas Artes, lo simultaneé con el trabajo –cuatro horas por las tardes– en una agencia de publicidad. Me pagaban 20.000 pesetas al mes.

Ha declarado en más de una ocasión la importancia de este paso por el mundo de la publicidad.
Desde luego: me ayudó a ordenar las ideas, a participar en procesos creativos, a cumplir los plazos de entrega… y a trabajar sin ordenador, ya que en esa época no había.

¿Y qué destaca de su paso por Bellas Artes?
Ahí conseguí encontrar mi camino. Me gustaba mucho pintar del natural, la anatomía, y lo mismo pintaba ‘a lo Tàpies’ que ‘a lo Velázquez’. Los profesores me insistían en encontrar un camino propio… y lo encontré. La estética del pop no estaba de moda cuando empecé a definir mi estilo, pero conseguí encontrar mi propio hueco, con una mirada en la que siempre he procurado incluir la ironía, además, lógicamente, de elementos propios de mi tierra como lo lúdico, el color… He procurado ejercer mi profesión como un sacerdocio, no solo por el mero hecho de pintar, sino por todo el proceso que conlleva preparar a conciencia una exposición, preparar los catálogos…

Y ha conseguido una obra  universal, reconocible en todas partes…
Por suerte, mis obras han viajado miles de kilómetros, y han gustado en Seúl o en París. A pesar del tono colorista, cálido, tienen mucha aceptación en países como Suecia o Alemania.

¿Qué exposiciones prepara en la actualidad?
Estamos con una, de mi serie Lpop, que se expondrá en Alicante a partir del 5 de octubre, y preparamos una antología para Austria que repasa mis más de 20 años de trayectoria. Y pronto iremos a México, Murcia…