Actor de raza, Juan Diego (Bormujos, Sevilla, 1942) de pequeño quería ser torero o cantaor «para destacar en algo». Y se ha sobrado en conseguirlo, sea como el señorito de ‘Los santos inocentes’, como San Juan de la Cruz, como Franco; sobre el escenario con ‘La tempestad’, ‘Hamlet’ o el Tenorio; o en el compromiso político –cuando, al hablar por teléfono, y por aquello de las escuchas franquistas, decía ‘va a llover’ porque la cosa se iba a complicar, o ‘está lloviendo’ cuando la cosa estaba muy mal–. El protagonista-monologista de ‘La lengua madre’ –de Juan José Millás–, que representa en el Bellas Artes de Madrid y con la que seguirá girando por España, nos acerca al retrato de la vida de un actor, el mismo que, de niño, oía cómo se callaba la casa cuando le leía a su tío la ‘tercera’ de Pemán y las crónicas taurinas en ABC, y que, en la actualidad, oye cómo la gente calla a su alrededor para escuchar a alguien con mucho recorrido en el cuentakilómetros. Tres Goyas en todo lo alto –uno de ellos al mejor actor principal en 2006 por ‘Vete de mí’ – y muchos planes por delante, como el rodaje de ‘Anochece en la India’ y todo lo que queda por venir-.

¿Cómo ganó su primer dinero?
Tendría unos 16 años y tenía que pagarme los estudios de Arte Dramático, así que me puse a repartir paquetes con una bicicleta. Sacaba unas 600 pesetas al mes y con eso me pagaba también los libros que podía.

Después llegó a Madrid, y consiguió ganarse la vida…
Llegué a por todas, y sacaba lo que podía, contando con que mis padres me enviaban algo de dinero, aunque ya me decían que si quería dedicarme ‘al circo’ me lo tenía que pagar yo. En fin, salí adelante. Aún recuerdo cómo salía al escenario afónico del ‘miedo escénico’, pero iba cogiendo trabajos y logré un protagonista en el Teatro Lara, con un Lope de Vega.

Al revisar su trayectoria, veo que, al poco tiempo, trabajó con María Fernanda Ladrón de Guevara en el mítico Paseo de la Habana de TVE. Eso es para nota…
Uff… fue un placer. Hacíamos una entrega semanal de ‘Mi hijo y yo’, donde, al final, había su moraleja y todo. Ahí ya ganaba unas 2.000 pesetas a la semana. Mira (ríe), curiosamente, la televisión fue la causa de mi perdición, ya que le dije a mis padres que estaba estudiando una carrera –me mandaban sus giros, sus cosas…–, y cuando les dijeron «Oye, que he visto a Juanito en la televisión», hubo que confesar…

Ya que nos encontramos en una sección de empleo, le quería preguntar por su papel junto a Concha Velasco en la huelga de actores del 75. ¿Cómo decidieron dar el paso?
¡Si es que era de cajón! En aquella época, si veías que ibas a tener un éxito con una obra (ríe) era una maldición, ya que significaba que podías tirarte dos años seguidos trabajando todos los días de la semana con dos funciones diarias, sin descanso. Se lo comentabas al empresario, pero te decía que, con el plus, ya tenías bastante. En fin, que le comenté a Concha que eso del descanso hasta lo reconocía Franco en el Fuero de los Trabajadores. Nos pusimos cabezones, nos movilizamos y lo conseguimos… y hasta ahora.

Después de tantos años de compromiso y brega política, ¿le quedan ganas de luchar por algo?
No queda más remedio, aunque pienso que esto no tiene arreglo, con tanta política del recorte y con un especial ensañamiento con todos y con nosotros, ‘el mundo del espectáculo’ en particular. No es por señalar, pero, ¿por  qué a nuestras obras nos las cargan con un 21% de IVA y al fútbol y a los toros con un 10%? No sé… hay un gusto por el recorte y creo que no se estudian otras soluciones.

De sus hijos, uno tiene 14 años. ¿Se preocupa por su futuro?
Veo que le encanta estudiar –como me pasaba a mí de pequeño, que me encantaba ir al colegio, pero también cambiar de colegio–. De momento, no me preocupo, porque va fenomenal y ya le veo que piensa en viajar a  Alemania para aprender alemán y mejorar su formación. Le irá bien. En cuanto al mayor, le tengo en las Naciones Unidas en Nueva York y pronto se muda a Viena, así que no tendré tantos problemas en enviarle el jamoncito.

Usted ‘captura’ al público tanto cuando actúa como cuando habla. Tiene una relación especial con el lenguaje. ¿Hasta qué punto disfruta con él?
Mucho, me gusta darle vueltas, reflexionar y emocionar con él, así que estoy muy a gusto con esta obra de Millás en la que, a partir de unas conferencias suyas, hemos montado la obra, con la dirección de un fenómeno como Emilio Hernández. Pensé: «Creo que me voy a dar el gusto de un monólogo, vamos a pasarlo bien», y es una delicia decir los textos de Millás, cómo juega con las palabras, cómo trabaja con la ironía, con la  profundidad… en fin, la recomiendo.