Ouka Lele

Ouka Lele, pintora y fotógrafa

El universo que evocan sus imágenes, mezcla de pintura y fotografía, es inconfundible. Ouka Leele (Madrid, 1957), o lo que es lo mismo, Bárbara Allende, formó parte del panorama creativo de la Movida Madrileña, pero supo trascender aquella época y su obra creció hasta que, en 2005, le concedieron el Premio Nacional de Fotografía, «que no pudo rechazar». Acaba de estrenar en La Gallera de Valencia la exposición «Santa Bárbara Bendita», que recrea la leyenda de la patrona de las tormentas.

–¿Cuál fue su primer empleo remunerado?

–Me puse a vender dibujos en el suelo en un rastro de Estepona. Cuando estaba allí se bajó un capitán de barco con gorra, patillas y una pipa y me compró unos cuantos. Me dijo que me los compraba porque sabía que iba a ser muy famosa. Yo firmaba todavía como Bárbara.

–¿Qué le llevó a vender sus dibujos en la calle?

–Yo ya tenía mi vena comercial desde muy joven. Sin embargo, el primer trabajo, así, de ir a una oficina, fue en los cines Alphaville. Yo iba a diseñar los carteles, pero no empezaban a hacerlos nunca, así que duré una semana. Me fui y no cobré nada. Luego, nunca he trabajado más así, en plan oficina.

–¿Algún otro empleo no ha tenido?

–En Barcelona, los trabajos que iba buscando. Me publicaban fotos en revistas porno tipo «Playboy», «Penthouse»… A algunos directores de arte les gustaban mis fotos y me encargaban cosas.

–¿Cuándo empezó a firmar como Ouka Leele?

–En el año 78 ó 79. Un amigo, el Hortelano, tenía un dibujo con gente en una playa con instrumentos de música. El cielo era nocturno y todas las estrellas tenían un nombre. Uno de ellos era Ouka Leele y lo cogí de ahí porque me encantó, pero le quité una «e» para que fuera simétrico, Ouka Lele. En los años 90 me empecé a hartar del pseudónimo y pensé en quitármelo, pero conocí a una cantante de Guinea Ecuatorial, Paloma, una de las integrantes del grupo Hijas del Sol, y me dijo que, en su país, era un nombre muy poderoso. Quiere decir «que des muy bien la vuelta al círculo de la vida». Me pareció muy mágico y ya no me lo pude quitar. Además, había hecho un curso de numerología y el nombre de Ouka Lele, como yo lo firmaba, sumaba 1, que es un número de líder, de comienzo. Sin embargo, el profesor me dijo que me venía mejor el 6, que es el número del amor. Busqué una letra que sumara el 6 y resulta que era la «e», así que volví a ser Ouka Leele.

–Empezó como pintora y después se interesó por la fotografía.

–Aprendí a hacer fotos y no sabía para qué. Pensaba que un artista tenía que saber hacerlas. Después tuve que buscar trabajo en Barcelona y era más rápido encontrarlo haciendo fotos. Pero yo necesitaba pintar como si fuera beber, así que mezclé la pintura y la fotografía.

–Supongo que luego le cogió un poco más de cariño a la fotografía…

–Sí, pero siempre he querido dejarla. Lo que pasa es que cada vez que la dejo, me coge ella otra vez a mí. La vez definitiva había estado en Murcia pintando un mural de 300 metros cuadrados. Todo el proceso lo estuvo rodando Rafael Gordon para la película «La Mirada de Ouka Leele». Entonces me dije «la fotografía ha pasado, yo estoy ya en la pintura después de haber pintado 300 metros cuadrados». Pero, al llegar a Madrid, me llamaron y me dijeron que me habían dado el Premio Nacional de Fotografía. A partir de ahí ha habido mucho trabajo, pero estoy deseando parar para ponerme a pintar otra vez.

–¿Qué consejo le daría a alguien que quisiera dedicarse al arte?

–Que no espere a tener técnica o aparatos caros. Que empiece con el móvil, con lo que tenga, y, si quiere ser pintor, con un lápiz. No es la técnica, es la vida, el amor… y las cosas empiezan a salir de ti. Luego está la fuerza creativa. Una foto con un móvil sale mal, pero tiene su lenguaje, su grano raro, sus colores raros, y hay que aprovecharlos. Es una cuestión de poesía, de meter poesía en la imagen. Si no tienes nada, escribir está también muy bien, porque puedes crear imágenes con la palabra.