Soy empresaria. He creado tres empresas de formación, dos de hostelería y otras dos de consultoría. Me considero una emprendedora nata.

Creo que cada vez lo hago mejor. Y hacerlo mejor no sólo es tener clara la idea, el objetivo, el mercado, los productos, el publico y la rentabilidad necesaria, de dónde sale el dinero y cómo se reinvierte. Eso lo sabemos todos.

Después de haber creado siete empresas me he dado cuenta de que quiero crear una empresa donde las personas sean lo único importante. El resto llega solo. Si un ordenador falla, lo cambias; si una máquina produce poco, se pone una más rápida; si no hay dinero en caja, lo pides al banco… Todo parece facilísimo, todo, menos cuando hablamos de personas. ¿¡Qué nos pasa!?

¿Por qué una empresa no es como un grupo de amigos que se juntan para navegar en un velero? Cada uno tiene su función, todos tienen un proyecto común, cada uno es como es, sin pretender hacer cosas que no sabe y sin intentar arrebatar las del otro.

La empresa ideal no es la que más produce. La empresa ideal es aquella en la que cada persona se siente bien con lo que hace, se siente identificada con el proyecto, es feliz, no siente malos rollos y no los genera, no anda todo el día protestando de su trabajo, de su situación, de sus compañeros, de lo que se vende, de lo que se compra, de cómo se produce, de…

Quiero montar una empresa ideal. No me importa qué producir o qué servicio dar. Lo que quiero es levantarme todas las mañanas e ir a trabajar con ilusión, sabiendo que voy a trabajar y no a solucionar malos rollos.

Quizá, en lugar de invertir tanto en infraestructuras y en instalaciones habría que invertir más en los departamentos de selección de las empresas. Al final, ellos son los que contratan a las personas, y de su acierto o de su error dependerá el ambiente de la empresa y, como consecuencia, su propia productividad, su viabilidad y su perdurabilidad.

Marta Fernández
Empresaria