José Mercé (Jerez de la Frontera, 1955) lleva mucho –valga la expresión– ‘en todo lo alto’, ya que, de adolescente, empezó a trabajar en un ‘templo’ del flamenco y a viajar por todo el mundo con la compañía de Antonio Gades. Hablamos con él a punto de estrenar ‘Mi única llave’, su último disco, para el que ha contado con Diego del Morao, Pepe Habichuela, Tomatito y Manuel Parrilla a la guitarra, una bulería compuesta por Alejandro Sanz… Flamenco grabado en Boston con violinista jordano, pianista francés, un coro de chicas de 15 países…

Antes que el flamenco fue el corcho…
Bueno, el flamenco, siempre, pero es que mis primeras pesetas las gané en Jerez cuando tenía unos 11 o 12 años. En verano, aprovechando las vacaciones, echaba unas horas en una fábrica de corchos para botellas de vino. Ganaba unos diez ‘duros’ a la semana. Y también repartía botellas a los restaurantes, lo que un día me supuso un disgusto: iba con la bici, paré a saludar a unos amigos, y se cayeron las botellas, ¡vaya número que monté!

¿Cómo recuerda su llegada a Madrid?
¡Nunca se me va a olvidar! Llegué a casa de mi tío, y conseguí entrar en Torres Bermejas. ¡Ni me lo creía! Mi tío, Manuel Soto ‘Sordera’ tuvo que firmar por mí, y fue una experiencia increíble, empezar a lo grande, ya que cobraba 500 pesetas diarias. Había estado unos meses en un tablao en Cádiz, pero es que lo de Torres Bermejas era demasiado…

Entonces, aparece Antonio Gades…
En efecto, le hablaron de mí, fue a verme, me contrató… y estuve 10 años girando con su compañía, todo un lujo. Pude viajar por toda Europa, Latinoamérica, en avión, barco, tren, autocar… Siempre recuerdo, al principio, cuando me ofrecieron un ‘steak tartare’ en un restaurante de Budapest, y me daba grima, prefería unas papas fritas con huevo. Gades me dijo: «Niño, pruébalo primero, y si no te gusta, te pides las papas». Hoy es uno de mis platos favoritos.

¿Cuál fue la principal enseñanza de esa época?
Aprendí mucho, de mi arte y de la vida. En el escenario aprendí, por ejemplo, que había que ensayar hasta el saludo, cómo vestir, no dar nunca la espalda al público… Yo era como una esponja. Fue tan intenso  como interesante: lo mismo viajabas a Tokyo que a Cuba, y alucinabas con las costumbres y forma de vida de cada uno. Eso sí, todo tenía un coste: una vez, mi mujer me esperaba en el aeropuerto de Barajas –volvía desde Caracas–, y le pregunté por la niña, que pensaba que aún ni andaba: «¡Pues está corriendo por el aeropuerto!» He perdido mucha infancia de mis hijos, pero he podido disfrutar mucho en los últimos tiempos, ahora me considero un ser privilegiado.

¿Cómo administra sus ganancias?
Vivo el día a día, sin obsesionarme con el futuro, pero sin lujos innecesarios, sobre todo en estos tiempos, en los que la gente está tan mal y yo tengo la suerte de tener trabajo. No paramos de recibir malas noticias, no conozco a la ‘prima’ esa de riesgo, no es de mi familia, y le dedico todo el tiempo que puedo a la que sí tengo, procuro que estén lo mejor posible. Espero que todo pase cuanto antes.

¿Cómo recomendaría su último disco?
‘Mi única llave’ es muy auténtico, estoy más flamenco que nunca y creo que sus alegrías, soleás, bulerías pueden gustar a todo tipo de público. Ahora toca ‘moverlo’ y el 30 de noviembre vamos a Córdoba, el 1 y 2 de diciembre  a Granada y Cádiz, el 18 de enero a Barcelona, tenemos pendiente la fecha de Madrid, en abril y mayo por América y Europa… no voy a parar.