Sebastián Álvaro

Sebastián Álvaro, periodista y alpinista

Más de cuatro décadas trabajando en televisión, 350 documentales de aventura a sus espaldas, varios «ochomiles», seis continentes visitados, libros escritos y muchos premios. Podría dar la sensación de que Sebastián Álvaro (Madrid, 1950), creador del mítico programa «Al filo de lo imposible», de TVE, ya lo ha hecho todo. Pero no es así. Este hombre inquieto, que a los seis años ya se escapó de casa, sigue con la mente puesta en las cumbres y en los desiertos. Y por muchos años.

¿Cuál fue su primer empleo?
Yo trabajaba en casa de mis padres desde los 6 años. Ellos tuvieron una lechería y, después, un almacén de materiales de construcción. Sin embargo, mi primer empleo remunerado lo conseguí con 14 años. Yo estudiaba en el colegio de La Paloma la rama de Electricidad, así que entré a trabajar en una empresa que hacía la infraestructura eléctrica de Madrid. Me subía a los palos de la luz con ganchos en los pies en la zona de Arturo Soria. Después, con 17 años, entré en Televisión Española, pero me echaron enseguida, porque todavía no tenía los 18 años. Después pasé las oposiciones y he estado vinculado a Televisión Española durante 43 años.

¿Cuáles fueron sus primeros pasos en TVE?
Estuve, sobre todo, en departamentos técnicos: en el de retransmisiones, en montaje de vídeo, en sonido, donde hice magazines y, después, informativos. Justamente en esa época me pasé al horario de madrugada para seguir estudiando -porque estaba haciendo la carrera de periodismo en la universidad- y poder seguir ayudando a mis padres en el almacén de materiales de construcción. Hasta que, en 1981, propuse un programa de documentales que sería el germen de «Al filo».

No parece que fuera una persona con demasiado espíritu aventurero…
Todos lo tenemos dentro. El motor aventurero es vital para sobrevivir como especie. Yo sí era muy aventurero. Éramos cuatro hermanos y mi madre siempre decía «he tenido tres hijos normales y otro que eres tú». Con 6 años me escapé de casa y me tuvo que traer la guardia civil. Lo que sí me costó fue ligar la aventura a la televisión. Llevaba 13 años trabajando en TVE, viajé por Europa y ví los documentales que se hacían fuera. En ese momento entendí que quizá podía unir las dos cosas.

Después de 27 años al frente de «Al filo», ¿le quedaba algo por hacer?
Siempre quedan cosas por hacer. Mi profesión ha sido imaginar aventuras imposibles. Profesionalmente me quedan grandes proyectos que antes no podía acometer. Por ejemplo, acabo de venir de Nepal. Lo he recorrido en moto de punta a punta. Han sido 5.000 kilómetros. También he estado en la cara sur del Lhotse, la más difícil de mundo, y tengo otros dos proyectos.

¿Se considera un romántico o un temerario?
No soy temerario, soy audaz. Pero eso es necesario para transitar por la vida. Hay que ser valiente. Es esencial, porque es lo que nos permite vencer los miedos y avanzar. El miedo nos paraliza. Tiene mucho que ver con el guerrero mitológico. Es, por ejemplo, ayudar a una mujer o a un niño que están siendo maltratados en la calle. La valentía nos permite transitar por la vida con libertad.

Ahora colabora en varios medios. ¿Ha vuelto a sus orígenes de periodista?
Siempre me he considerado periodista, pero un poco atípico. Soy, sobre todo, un profesional de la imagen , pero también he amado la letra y la palabra y he descubierto la pasión por la radio. Colaborar en todos estos medios me exige estar vivo y desplegar cualidades diferentes. Me parece indigno que en TVE a muchos nos hayan apartado. Es lo más deleznable que me ha pasado en la vida. Somos gente que hemos estado 42 años en televisión, que hemos dado nuestra vida.

¿Cree que «Al filo» es un tipo de televisión que está en peligro de extinción?
Es un ejemplo de lo que es televisión pública de calidad. Si ahora no se hace es porque los programadores han decidido que prime el morbo. Antes, cuando los programadores eras cultos programaban otras cosas, por ejemplo, dos obras de teatro a la semana. Formaban, informaban y entretenían. Ahora sólo alimentan el morbo cotilla que todos llevamos dentro.