Roberto Álvarez, actor

Desde 1985, cuando salió a escena como el Mefistófeles del Fausto de Goethe, no ha dejado de trabajar. En el cine, le hemos visto histórico en «Juana la Loca», costumbrista en «Manolito Gafotas», dramático en «Hable con ella». En teatro ha vivido vidas imaginadas por Molière o García Lorca o; en televisión, la popularidad le ha llegado por «Abogados», «Ana y los  siete»…  Mientras se estrena la miniserie «Tarancón. El quinto mandamiento» y la película «El Capitán Trueno», la actualidad de Roberto Álvarez pasa por su papel de Helmer en la obra teatral «Casa de muñecas». No está mal para alguien que estudiaba para ser Ingeniero de Telecomunicaciones.

¿Cómo surgían las oportunidades de trabajo mientras estaba en el colegio mayor?
La mayoría de los alumnos trabajábamos en lo que salía, así que me vi visitando casas en calidad de testigo de embargos. Íbamos dos compañeros con un señor del ayuntamiento que tenía que reclamar una cantidad, por lo  general, pequeña, por distintos tipos de impuestos. Y allí se presentaba el señor de la maleta con nosotros dos. Nunca consiguió embargar absolutamente nada… Bueno, una vez, se procedió a precintar el enchufe de una televisión para que no se pudiese usar. Creo recordar que pagaban unas 5.000 pesetas por jornada.

¿Emprendió más trabajos?
Todos ocasionales, unos más que otros. Los del colegio mayor  trabajábamos, por ejemplo, en traslados de material de naves industriales y, ya por mi cuenta, ganaba algunas pesetas vendiendo pendientes que hacía yo mismo en El Rastro de Madrid, como ayudante de topografía en Oviedo, como jefe de estudios –estos dos últimos, los veranos–. Y puedo decir que conocí a la persona que introdujo el concepto del «Todo a 100» en España, ya que, a su vez, conocía a mi novia: lo mismo viajabas a Ourense a vender bisutería y volvíamos con un millón de pesetas de la época…

¿Cómo pasó de la ingeniería técnica de telecomunicaciones –incluso de esos ingresos del «todo a 100»–, al mundo de la interpretación?
Llegó el Teatro de la Danza, y lo que empezó como meses y meses de clases, días enteros de práctica, se convirtió en un «¿por qué no montamos algo?», en representaciones, en una profesión, en mi primera nómina como tal. La verdad es que yo pensaba que me iba a morir de hambre, pero todo fue bastante bien, después de mucho trabajo. Seguí con la carrera, pero me quedé a falta del proyecto final, me fue imposible por falta de tiempo. Curiosamente, ahora he vuelto a trabajar con el Teatro de la Danza en «Casa de muñecas», de Ibsen, y sigo siendo socio y accionista, lo que, sobre todo en este mundo, no significa tener ingresos, es un «estar ahí».

Su espíritu emprendedor le ha llevado a ser productor –lo ha sido de obras como «El verdugo», por el que recibió un premio MAX al mejor empresario teatral–, pero no le queda buen recuerdo… Supone demasiado esfuerzo y estás expuesto a muchas quejas. Por muy voluntarioso que seas, siempre surgen problemas: que si el hotel, la escenografía, los sueldos, y si, además, trabajas tú mismo en la función, no puedes estar centrado en tu trabajo.

Se ha centrado en la profesión de actor, y de qué manera: no para de trabajar, tanto en televisión y cine como en teatro.
Pues sí, por ejemplo, el año pasado ha sido frenético. En televisión trabajé en la serie «Gavilanes» y en 13 episodios de «Cuéntame cómo pasó», acaban de emitir «Reina Sofía» y pronto llegará la miniserie «Tarancón», donde  interpreto a Patiño, un asesor del cardenal. Ya se ha emitido en Canal 9, y con un gran éxito de audiencia. En cine, he participado en «El Capitan Trueno» [dirigida por Antonio Hernández, que también ha dirigido a Roberto en «Reina Sofía» y «Tarancón»].

Su futuro próximo pasa por el teatro…
Hay proyectos, pero ninguno cerrado a día de hoy. Con «Casa de muñecas» estamos de gira por la Comunidad de Madrid, y luego iremos a Torrelavega, Alcoy, Cádiz, para volver a Madrid en abril, ya que estaremos todo el mes en el Fernán Gómez.