Jesús del Pozo

El primer dinero que llegó al bolsillo de Jesús del Pozo por trabajar no fue por la vía del diseño y la moda –que no tardaría– sino por un castigo paterno que lo llevó a una obra en Puerta de Hierro. Más tarde, el entorno del negocio familiar –cesterías y muebles de bambú– hizo que el joven Jesús se interesase por el diseño en sus distintas vertientes. Se encontraba cerca de la rampa de lanzamiento del prestigio internacional, un éxito que actualmente disfruta gracias al pret a porter, la línea de novias, el perfume –Ámbar ha sido su último lanzamiento–… Es uno de los grandes y, además, aprovecha para enseñar todo lo que sabe a las generaciones venideras.

¿Cúal fue su primer sueldo?
Pues fue un castigo por mis suspensos, ya que, la verdad, no era buen estudiante. Mi padre me envió a trabajar a la clínica Puerta de Hierro con una empresa de aislamiento termico y acústico. Ya ni me acuerdo, pero creo que fue en sexto de reválida…

Quién le iba a decir lo que le esperaba…
Desde luego, ya que, durante tres semanas, cogía el metro hasta Moncloa para coger una furgoneta para ir al trabajo. Lo que sí recuerdo es el sobre que me daban cada semana –hecho de papel craft, del que se usaba para embalar–, y también recuerdo las comidas con todos mis compañeros en el primer bar que teníamos a mano. Era consciente de la importancia de tener un sueldo, pero también pensaba: ‘’Si esto es lo que me espera’’…

Al menos, el diseño no tardó en entrar en su vida…
Desde muy pequeño sabía que era lo que me gustaba, aunque, en aquellos tiempos, no había quien lo estudiara en la universidad, y la opción era ‘‘o carrera, o a trabajar’’. Por la tienda familiar pasaban, por ejemplo, miembros de la Familia Real inglesa o prestigiosos diseñadores americanos, gente muy interesante. Yo andaba por allí echando una mano, sobre todo en vacaciones. Cada año, mi padre nos ingresaba un sueldo anual: nunca nos decía cuánto iba a ser.

¿Y cuándo llegó su primer empleo relacionado con el mundo de la moda?
En 1974 abrí mi primera tienda, en la calle Almirante, en Madrid, un entorno muy ligado a mi vida, ya que allí he vivido y trabajado, siempre rodeado de un ambiente de creadores, ya que por aquella zona hay muchos teatros, cines y personas que han influido en mi vida. La época fue tan interesante y enriquecedora como tumultuosa: mi primer desfile se tuvo que anular por el luto oficial por la muerte de Franco.

Desde entonces, lanzamientos, premios, nuevas líneas de trabajo… ¿imaginaba tanta actividad?
Sí, porque me implico al máximo con el trabajo, me entusiasma, y eso que no ha habido épocas fáciles. He contado y cuento con equipos magníficos, jóvenes, dúctiles, gracias a los que hemos podido emprender la internacionalización de la marca.

Es uno de los diseñadores que pone más empeño en la formación, ¿cómo lo compagina?
Tengo un compromiso con nuestra fundación, que surgió cuando la Comunidad de Madrid me lo propuso hace unos diez años. Sólo puse una condición: que, más que enseñar, prefería que me vieran trabajar, con lo que se organizó un sistema de becas para que los jóvenes pudiesen conocer de primera mano nuestros procesos. También he participado en iniciativas muy gratificantes, como el master organizado por la Cámara de Comercio e Industria de Madrid, pero llega un momento en el que no puedo dedicar todo el tiempo que quisiera a la formación.