Roberto Verino, diseñador.

Nos acercamos a los treinta años desde que Roberto Verino (Verín,Orense, 1945) se marcó el tanto de presentar su primera colección prêt-à-porter en París. En la actualidad, el diseñador, Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, continúa atendiendo a sus diversos frentes creativos, sean moda y diseño en general, fragancia, la cultura del vino… Verino se encuentra en plena forma, en ese momento en el que las celebraciones de toda una trayectoria se unen a una época de plena actividad creativa, con iniciativas que oscilan entre la colección Black Label, la presencia de sus prendas en El Corte Inglés y tiendas abiertas en todo el mundo.

Irse a Francia como veinteañero en plenos años 60… Después de ese  comienzo, puede estar preparado para todo…
Desde luego, aquéllos eran otros tiempos, en los que no éramos considerados como ahora. Se decía que «África empezaba en los Pirineos»… Llegué a París en contra de los criterios familiares, más proclives a una formación en peritaje mercantil, para continuar con el negocio familiar. Mi objetivo era demostrarles que podía salir adelante y que podria costearme los estudios –hablamos de cuatro hermanos estudiando fuera de Orense–.

¿Llegó a París con las ideas claras?
Estudié Bellas Artes, pero quería aprender trabajando, estar cerca de los mejores. Encontré una propuesta de trabajo de una marca francesa y conseguí que me contrataran. Una vez allí, me impliqué a muerte, absorbiendo y aprendiendo, en una época que fue la base de mi trabajo posterior, ya que les propuse llevar sus marcas –como Billy Bonny– a España. Francia seguía siendo la cuna de la alta costura, pero nació el concepto de prêt-à-porter, un concepto menos exclusivo de la moda.

Los setenta serían, entonces, básicos en su carrera…
Fue la gran apuesta. Significaba trasladar y desarrollar una marca que tenía éxito en Francia a España, con un grandísimo esfuerzo… tanto –sonríe– como los aranceles exigidos en esa época. En 1970 me hice cargo del negocio familiar, con el que elaboramos, bajo la marca Marpy, una colección de Jeans, así como lo diseños de Billy Bonny.

La progresión fue a más en los 80: su primera colección prêt-à-porter, su primera tienda en París, su despegue internacional… ¿Cuándo se consideró, del todo, un empresario?
Bueno… es que yo me considero un empresario a la fuerza, pero sí es cierto que en esos momentos tienes que tomar decisiones para impulsar el trabajo del equipo. Fue una época de oportunidades, de consolidación de equipos para afrontar nuestras obligaciones, de creación e imaginación en diseño, pero también en marketing, para poder crecer. En 1987, tomé la decisión de aceptar la colaboración con El Corte Inglés –con ellos, celebramos las ‘bodas de plata’ con una exposición itinerante, «25 Años de Moda», en sus distintos centros–.

¿Cuál es su fórmula para haber alcanzado el éxito en su profesión?�
Ser consciente, sobre todo en los comienzos, de que no puedes acertar siempre, de que el acierto-error es importante. Hay que innovar, imaginar y, en mi caso propio, soy tozudo con mi inconformismo –no enfermizo, ojo. Siempre se puede ir más allá. Procuro que nada condicione ni estrangule a las personas que trabajan conmigo, que estén convencidos de su trabajo, que les guste, que vean que hay más inversión que gasto… Creo que con  empeño, pasión y muchas horas, el camino a la excelencia es menos complejo.

¿Cómo califica su experiencia con el mundo del vino, con caldos como Terra do Gargalo?
Lo considero como un hobby, ya que es mi hermano quien, en realidad, se encarga de todo. Es un tributo a mis orígenes, a la tierra gallega. Con este proyecto familiar queremos ubicar en el lugar que se merece a la  denominación de origen Monterrei. Si aspectos como la calidad, el disfrutar y compartir las cosas buenas, la sorpresa y la seducción forman parte de mi trabajo como diseñador, ¿por qué no trasladarlo al mundo del vino?

¿Hasta qué su punto su colección Black Label, una de sus últimas iniciativas, hace más asequibles los diseños de alta costura de una firma como la suya?
Siempre he creído que el armario debe ser ‘inteligente’, y que una prenda que, en principio, suponga un desembolso elevado, se amortiza con su uso. Pensamos en realizar artesanalmente, en nuestro taller de Madrid, 25 unidades de lo que enseñamos en desfile, para que, además de que se mira hacia arriba, hacia la pasarela, la pasarela «mire» hacia el público.