La Universidad de 2020 debe enfrentarse a un entorno muy diferente al actual. La complicada situación socioeconómica le obligará a ofrecer respuestas innovadoras y los alumnos, que ya serán nativos digitales, le exigirán mucho más, pues con Internet y la interconectividad real que existe, las universidades han dejado de tener el monopolio del saber. «Nosotros tenemos que pasar de transmitir conocimientos a convertirnos en sus tutores», asegura María Antonia Rivilla, directora de Planificación y Desarrollo de negocio de CESMA.

Tras consultar a algunos rectores de diversas universidades españolas, se concluye que el alumno del siglo XX ya no tiene nada que ver con el del siglo XXI, y que, a su vez, este tendrá poco que ver con el de la próxima década. La evolución es constante. Según el informe Universidad 2020 de la Fundación Telefónica, el 97% de los jóvenes universitarios utiliza habitualmente Internet y el 65% está presente en redes sociales, el 70% de los casos de los menores de 20 años. Y el futuro augura un crecimiento exponencial, donde el alumno tendrá total dependencia de sus dispositivos móviles y contará con tabletas-PC con acceso a Internet de gran velocidad, capaces de dialogar con el resto de elementos que esté a su alrededor.

«El alumno de hoy es más tecnológico y, aunque tiene menos acervo intelectual, comienza a recuperar la cultura del esfuerzo», explica Juan Antonio Escarbajal, director general de Desarrollo Universitario de la Universidad Nebrija. Sin duda, ese es uno de los problemas con los que se encuentra  el profesor hoy en día. Como indica Martín J. Fernández, rector de la Universidad Europea Miguel de Cervantes, los estudiantes reclaman «brevedad e inmediatez», fruto de su constante interacción en las redes sociales. «Lo que tenemos que evitar es confundir las nuevas técnicas con una necesaria banalización de los contenidos», añade. Para él, la brevedad no está reñida con el rigor, «si esa brevedad parte de la reflexión que se presupone a un universitario y que debe estimular un profesor», pero hay que llevar más cuidado con la inmediatez, puesto que tiene poco de rigurosa. En ese aspecto, «sí debemos ser exigen exigentes y volver a modelos de relación más  tradicionales y pausados».

Para Salvador Ordoñez, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, los estudiantes de hoy «no entienden de fronteras geográficas» porque las nuevas tecnologías han reducido las distancias y han distorsionado la concepción del tiempo. Además, añade que esta interconectividad sin precedentes «está ayudando a que muchos alumnos, pero también docentes, vean en la internacionalización una salida de futuro».

Algunas sombras

Pero para algunos de los expertos consultados, esta era tecnológica no trae solo ventajas. Pablo S. Blesa, vicerrector  de Relaciones Internacionales y Comunicación de la UCAM, piensa que los estudiantes actuales se han apartado de la lectura «a favor de la imagen o del videoclip». Asimismo, «han sustituido el relato por el Twitter y la novela  por las historias de Facebook ». Para Blesa, lo que conocen, «lo conocen de forma superficial» y asegura que los alumnos actuales tienen la sensación de que aprender es permanentemente «un proceso lúdico, espectacular, divertido, donde el sacrificio, la entrega y el esfuerzo pueden ser soslayados perennemente».

En el otro lado de la balanza, Ainara Zubillaga, vicerrectora de Innovación de la Universidad Camilo José Cela, asegura que los alumnos son ahora mucho más exigentes porque «conocen mucho más la realidad que hace unos años». Por eso, los profesores «tienen que ponerse las pilas», reconoce. «Tenemos que buscar formas de enseñar más atractivas, actualizar permanentemente nuestras asignaturas, buscar la relación y la participación del mundo laboral en la formación y llevar nuestra investigación al aula, para hacer partícipes a los alumnos», añade. Aun así, estima que esa exigencia debe ser mutua. «La libertad y la autonomía con la que cuentan, también supone una responsabilidad, por lo que han de responder en la misma medida con su dedicación, trabajo e implicación», remarca Zubillaga.

En conclusión, tanto alumnos como profesores deben implicarse mutuamente en el devenir del proceso de aprendizaje ligado a las nuevas tecnologías. Sin embargo, el reto lo tienen, sobre todo, centros y profesores. «No podemos permitir que los jóvenes piensen que somos islotes fuera de la realidad», concluye María Antonia Rivilla, de CESMA.