LORENZO SILVA

Lorenzo Silva, escritor

Es una de esas personas hechizadas por la magia de la literatura. Narrador incansable desde que era un adolescente, Lorenzo Silva (Madrid, 1966) asegura que escribir no es sólo su oficio, sino también “su placer”. Pero antes de dedicarse por completo a la profesión de contador de historias, trabajó como abogado en el más prosaico mundo de la empresa, un “decorado” que le proporcionó valiosas historias, según confiesa. Hoy es uno de los más destacados escritores españoles de novela negra, un género que domina a la perfección y que le ha dado enormes satisfacciones. Su serie policíaca protagonizada por el brigada Bevilacqua y la sargento Chamorro no sólo le ha proporcionado toda una legión de lectores fieles, sino que le ha “regalado” varios premios. El lejano país de los estanques recibió el Premio Ojo Crítico en 1998 y El alquimista impaciente, también llevada al cine, el Nadal en 2000. Su última novela publicada, La estrategia del agua, sumerge a esta pareja de guardias civiles en los claroscuros de la ley. Su magisterio en la novela negra le ha llevado a ser comisario del festival literario Getafe Negro, celebrado por tercer año en la ciudad donde habita, y de la exposición Elemental, querida Salander, que hacía un repaso por la novela policíaca nórdica y que fue un auténtico éxito en la pasada feria del libro.

– ¿Cuál fue su primer empleo remunerado?

– El primer trabajo por el que cobré algo fue dando clases de Lengua y Literatura, como otros chavales de mi tiempo. Había un chico que tenía muchos problemas para hacer los comentarios de texto para Selectividad y su profesora, que había sido también la mía, recomendó a sus padres que me contrataran. Más o menos por el mismo tiempo, no sé si antes o después, me cogieron también para el servicio de salvamento de una regata. Estaba con mi primo en Málaga y me dijo que necesitaban gente. Fue algo totalmente disparatado, porque yo soy muy poco navegante. Además, pagaban muy poco, pero el trabajo consistía básicamente en pasear en una zodiac y, solamente por eso, me apunté. Lo que pasa es que al final todo resultó un desastre, porque había una mala mar tremenda y volcaban los barcos todo el rato. Sin embargo, mi primer empleo de verdad fue como auditor de cuentas.

– ¿Recuerda en qué se gastó el dinero que le dieron por esos trabajos?

– Pues no lo recuerdo exactamente, pero seguramente en libros o en discos.

– Después decidió estudiar Derecho en la Universidad Complutense y pasó al mundo de la empresa.

– Después de ser auditor de cuentas me empleé como asesor fiscal y abogado en la misma compañía en la que trabajaba, que tenía un despacho de abogados. Luego ya pasé como abogado a una gran empresa.

– Su vocación literaria ya venía de lejos. ¿Cómo consiguió compaginar el trabajo en la empresa con la escritura, dos actividades que requieren tanta dedicación?

– Pues lo conseguí porque era joven y la juventud te da mucha fuerza, pero, además, porque empleé para ello mi tiempo de ocio. Renuncié a mis fines de semana y a buena parte de mis vacaciones por escribir. Sinceramente, no sé si realmente puedo llamarlo renunciar, porque la literatura se convertía en mi trabajo, como lo ha sido siempre, pero también era y es mi placer. Cuando yo escribía los fines de semana y las vacaciones estaba dándome el gusto de trabajar en lo que realmente a mi me complacía, así que no sé si fue un sacrificio o no. Supongo que he salido por ahí hasta las 6 de la mañana mucho menos que otras personas y seguramente me he rascado la barriga mucho menos que otra gente.

– Supongo que ahora, mirando atrás, le compensan todas esas horas que dedicó a escribir y no a divertirse.

– Y que me compensaban ya entonces. No es que me haya compensado ahora porque a la vuelta del tiempo ese esfuerzo se ha demostrado fructífero, en términos editoriales, profesionales o incluso económicos, sino que ese tiempo era instantáneamente provechoso para mí. Muchas veces en el trabajo perdemos de vista que una actividad te remunera de dos formas: por un lado, por el dinero que te dan por ella, y por otro, porque se trata de una actividad provechosa personalmente. Estar ocupado en algo, y en algo que te lleva a alguna parte, es súper bueno para una persona. Lo terrible es estar desocupado u ocupado en cosas que no llevan a nada.

– Después lo dejó todo por la literatura. ¿Qué le llevó a tomar esa decisión?

– Uno siempre tiene un conjunto de obligaciones y yo creo que debe atenderlas. Yo tenía unas obligaciones frente a mí mismo, que era hacer lo que me gustaba, escribir, y no podía desatenderla. Pero, además, tenía otras. Cuando era más joven, las tenía de cara a mis padres, porque no podía seguir siendo una carga eternamente, y, más delante, de cara a mis hijos. Yo di el paso de dedicarme sólo a la escritura cuando vi que podía atender todas mis obligaciones. Cuando observé que la literatura era suficiente para mantener a mi familia pensé que había llegado el momento de centrarme en la otra obligación, que era dedicarme a hacer lo que a mi me gustaba.

– ¿Al principio no le asustó tomar esa decisión?

– La tomé con mucha tranquilidad y de una manera muy peculiar: me tomé un año a prueba. Cuando nació mi segundo hijo la excedencia por paternidad me la cogí yo. Fue una manera de pasar más tiempo el niño, algo que se ha materializado en mi relación con él, y además me permitió tener un año para comprobar si la máquina funcionaba. Yo renuncié a dinero, porque tenía un buen trabajo, bien remunerado. Sin embargo, no quería tener la cuenta corriente llena pero no poder dormir ni dedicarme bien a las dos cosas. El nivel de exigencia iba creciendo, yo iba, por así decirlo, ascendiendo en mis dos trabajos y cada vez era más difícil compatibilizarlos.

– Supongo que la experiencia en la empresa le ha proporcionado vivencias que después ha podido volcar en sus novelas.

– Absolutamente. Le estoy muy agradecido a esos 13 años de mi vida en los que me levanté muy temprano, me comí muchos atascos y trabajé muchas horas para otros porque me ha permitido entender el mundo de una manera más completa que si yo simplemente hubiera estado en mi escritorio dedicado a darle forma a mis historias. Me ha dado muchos puntos de vista desde los que mirar la realidad. Además, yo estaba en contacto con muchas empresas y he visto cómo trabaja la gente en muchos lugares. Cuando yo era abogado había días que podía estar con un señor que tenía un avión privado esperando en el aeropuerto y con otro que no tenía ni dónde dormir esa noche. Eso, para un escritor, es un tesoro.