Foto: Kai Försterling

Ellos, los oficinistas de traje y corbata, dirigen la mirada al suelo. Cabizbajos, es difícil imaginarlos con el aplomo necesario para encarar los saludos a los compañeros, las llamadas de los clientes y los correos electrónicos de los proveedores pidiendo un pronto pago. Su parsimonia -y la pesadumbre que se intuye en sus andares- contrasta con la energía que despliegan la pareja con la que se cruzan, y en la que ni siquiera reparan. Ellas, aceleradas porque llegan tarde al primer toque de campana del curso, llevan la cabeza erguida, y la niña -su madre no, porque bastante tiene con cumplir la primera de las obligaciones que acarrea el día- incluso se atreve a esbozar una sonrisa. Con su vestido de flores y esas zapatillas de lunares tan bien domadas en vacaciones que le permiten levitar sobre la acera, ella sí que está dispuesta a comerse el mundo. ¡Por favor, que alguien levante la mirada y aprenda algo de cómo se mueve esa niña!