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Por Antonio Flores, CEO de la consultora estratégica en innovación Loop Business Innovation y presidente de Competitive Network

En los últimos años se han dedicado en nuestro país numerosos esfuerzos para conseguir difundir y estructurar un pensamiento y actitud emprendedora. Innovar y emprender han sido probablemente dos de las consignas y actitudes profesionales más difundidas, en ellas se han centrado seminarios, cursos, másters, publicaciones, eventos, mejores prácticas, etcétera. Todo ello ha formado parte cotidiana de las agendas de empresarios, profesionales, estudiantes y ciudadanos de a pie. Nos hemos convencido de que una de la mejores fórmulas para que nuestros jóvenes accedan al mercado laboral es el “autoempleo” o el “emprendedurismo”, para ello se han definido numerosos caminos de acceso, tanto para las formaciones más elitistas como para las menos favorecidas; escuelas de negocios, universidades, agencias de colocación y empleo, etcétera han definido programas y canalizado alguno de sus mejores y más entusiastas candidatos hacia este tipo de prácticas profesionales.

Al mismo tiempo, la crisis ha castigado a los miembros de las generaciones que tienen entre 55 y 65 años; en ellos se han centrado las medidas de reducción de personal “o de reducción de costes” y, de este modo, muchos de ellos a través de jubilaciones anticipadas y otro tipo de instrumentos legales  han ingresado en las listas del paro; provocando en algunas de las corporaciones y empresas que han aplicado este tipo de medida una auténtica diáspora de conocimiento, experiencia y energía. Literalmente, hemos vaciado a nuestras  empresas del conocimiento que contenían (el auténtico valor de las compañías) y hemos interrumpido la cadena de sucesión del mismo, provocando un corte generacional en su transmisión. Y en paralelo, ¿qué hay de nuestros jóvenes emprendedores?, ¿qué ha sido de su carrera hacia el autoempleo, el emprendedurismo y los negocios innovadores?

Desgraciadamente muchos ya se habrán dado cuenta de varios factores que rodean a estas actividades. Tener ideas brillantes y ser buen empresario no es lo mismo, la energía de la juventud no garantiza la templanza de la experiencia; los estudios y la preparación no garantizan el sentido común (clave para triunfar). Algunos pocos conseguirán avanzar con sus ideas y llevarlas a buen puerto; otros abandonarán por el camino artos de sacrificios, de poca liquidez y de malgastar una excelente formación. En algún caso, incapaces de cortar un emprendimiento con poco sentido y foco, seguirán malviviendo y malgastando una formación y lo más importante, sentando las bases de un currículum que difícilmente le permitirá emprender una “carrera de ejecutivo al uso”. Es como construir una casa por el tejado, en la época donde se dispone de  más energía y capacidad para aprender y asimilar para estructurar una carrera, se exige el mayor foco posible hacia una idea y la mayor experiencia posible para el buen desarrollo de la misma.

En los tiempos que estamos viviendo, no podemos permitirnos malgastar generaciones de jóvenes energéticos y bien preparados, ni generaciones de personas maduras, con experiencia y sentido del negocio. De la misma forma que cuando alguien finaliza unos estudios  realiza una “tesis” en la que recoger y plasmar lo aprendido, sería interesante que al llegar la jubilación, se realizase “una tesis de jubilación”,  donde plasmar, estructurar y garantizar lo aprendido durante toda una carrera profesional.

Yendo un poco más lejos, ¿sería mucho pedir que se unificaran las dos acciones?, ¿podríamos unir a nuestros jóvenes, inexpertos y excelentemente preparados con nuestros maduros, aplomados y experimentados ejecutivos? Quizás como dice el refrán, sería como “matar dos pájaros de un tiro”, pero sobre todo sería maximizar la eficiencia de aquello que más necesitan nuestras empresas para expandir su valor; la experiencia y la energía.