Hablamos con Carlos Iglesias (Madrid, 1955) en pleno proceso de montaje de ‘2 francos, 40 pesetas’, la  continuación de ‘Un franco, 14 pesetas’, donde ofrece su particular visión del mundo de la emigración, un relato de primera mano de un actor que ha dado el salto al guión y a la dirección.

Su familia emigró a Suiza, ¿le llegó allí su primer trabajo?
Fue después de mi vuelta a España –me fui con cinco años, volví con 13–. A los 19, viajaba a Los Alpes y me faltaba dinero. Como estudié en la Escuela de Artes y Oficios, busqué en agencias y conseguí un trabajo puntual en Zurich… me pagaron 15 o 20 veces lo que en España. Mi padre era muy buen dibujante y estudió en la Escuela de Artes y Oficios, y seguí el mismo camino.

¿Cómo recuerda la etapa de su familia en Suiza, como rememora en ‘Un franco, 14 pesetas?
En los 60 también había crisis. Mi padre trabajaba como mecánico fresador en la Pegaso, donde llegó un importador de tractores suizos. Les comentó a mi padre y a unos amigos una dirección en la que hacían falta mecánicos fresadores. Al día de llegar tenían opción a tres trabajos distintos, y eso que Suiza tenía unas leyes muy curiosas: no admitían legalmente a los inmigrantes, pero hacían la vista gorda con los ‘turistas’.

¿Cómo fue la vuelta, y cómo surgió la idea de ser actor?
Toda mi vida he echado en falta a Suiza. Cuando volví, comprobé que la imagen idealizada de tus mayores no correspondía con la vida que veías en el extrarradio. Llegué a hacer algunos trabajos como dibujante, pero llegó el gusanillo de la actuación, empecé a estudiar Arte Dramático… y hasta ahora. Curiosamente, empecé a lo grande, con ‘El público’, de García Lorca. Una producción del Centro Dramático Nacional, muy buen sueldo, giras por Europa… Pensaba: ¡Esto es Jauja! Luego llegó el teatro independiente, las pensiones de mala muerte… cada época tiene su encanto. He tenido épocas en las que no salía absolutamente nada, pero no me puedo quejar. El empujón definitivo llegó con Pepe Navarro y ‘Esta noche cruzamos el Mississippi’: estaba en obras de teatro independiente –no te conoce ni tu padre– y se abrieron las puertas: pasada la medianoche teníamos cuatro millones de espectadores.

Continuó con ‘Manos a la obra’. ¿Cómo lidió con la popularidad?
En ‘Este es mi barrio’, hice de obrero y le surgió al productor la idea de crear a Benito para ‘Manos a la obra’. Y ya sabes lo que supuso aquello:  la escuela debería preparar a los actores ante los éxitos porque, depende de la edad o la mentalidad, te pueden machacar. Ahora… la verdad es que con el pelo blanco voy más tranquilo. Para alguien que escribe guiones, pasar desapercibido es muy higiénico, observas mejor.

¿Cuándo decide ser también guionista y director?
Aspiraba a contar historias  con guiones míos. La primera fue ‘Un franco, 14 pesetas’, por la que ningún  productor estaba entusiasmado, hasta que Eduardo Campoy me dijo que adelante… pero si la dirigía yo, al ser  una historia tan personal. Había dirigido algo de ‘Manos a la obra’, alguna obra de teatro… ¡pero enfrentarte a un rodaje…!

Pues lo ha hecho y vuelto a hacer: ‘Un franco, 14 pesetas’, ‘Ispansi’, ‘2 francos, 40 pesetas’ –en fase de montaje–, y con rodajes fuera de España…
Lo importante es contar con un excelente equipo técnico, armar un buen guión y trasmitir bien tu visión. Después llegó ‘Ispansi’, algo más gordo, aunque con las habituales carencias de presupuesto de nuestro cine. No me puedo quejar: ‘Un franco…’ la han emitido varias veces en televisión, y se está estudiando en Suiza, Francia, Alemania, también en España…

¿Cómo recomendaría sus próximos trabajos: ‘La Venta del Paraíso’ y ‘Dos francos, cuarenta pesetas’?
‘La venta del Paraíso’ –que pasará primero por México–, es una película tremendamente personal de Emilio Ruiz Barrachina y –casualidad– también tiene algo que ver con la inmigración: es la historia de una mexicana que emigra a España y yo soy una de las primeras personas que conoce. En cuanto a ‘2 francos, 40 pesetas’, contiene más comedia que la primera y empieza siete años más tarde, en plena crisis del petróleo: los jóvenes ya viajan en Interrail para encontrarse con sus familiares, hay bautizos, nuevas aventuras y sucedidos…

¿Cómo ha administrado sus ganancias y cómo asesora a sus hijos?Ambos quieren dedicarse al cine.
Procedo de una familia obrera que me ha enseñado a ser previsor. En cuanto a mis hijos –una de 20, otro de  8–… pues tengo el miedo en el cuerpo, y te resignas a la posibilidad de que tengan que emigrar como lo hicieron sus abuelos. Tiran hacia el cine, como técnicos, lo cual me da un vértigo impresionante. Les he implicado en la  película, pero, ¿he hecho bien en inocularles el veneno?