Inquieto, imaginativo, a veces polémico –o eso esperan de él–, el diseñador David Delfín (Ronda, 1970) sorprendió a todos, al principio del milenio, con una propuesta que mezclaba la moda y el arte en su vertiente más provocadora. Buñuel y Magritte, visionarios del surrealismo fueron su inspiración. Diez años después, con la firma consolidada, busca, a través de internet y utilizando otros soportes, nuevos caminos a su imaginación.

¿Cómo empezó a ganarse la vida?
Empecé a trabajar justo con 16 años, cuando pude tener mi cartilla del paro, en una óptica de Marbella. Allí estuve hasta los 18 años. Al principio era el chico de los recados, estaba un poco para cualquier cosa. Por ejemplo, la óptica tenía sucursales en Fuengirola y en Estepona, así que, todos los días, enviábamos material. Por la mañana hacía envíos a través de una empresa  de autobuses que se llama Portillo, que está allí en Marbella, y por las tardes volvía también para recoger paquetes. Me fueron enseñando el oficio, poco a poco fui ascendiendo y, al final, empecé a trabajar de cara al público. Como iba a clases de inglés y había muchos extranjeros en Marbella, yo me puse a atender y me quedé como dependiente de la óptica.

¿Recuerda cuánto ganaba?
Fue variando, pero serían como 80.000 o 90.000 pesetas. Me parecía que estaba guay. Yo lo entregaba todo a casa y ellos mensualmente me daban una aportación. Al finalme quedaba con 15.000 o 20.000 pesetas.

¿Cuándo empezó a encaminarse hacia el diseño?
Siempre me gustó. Viviendo en Marbella, incluso trabajando en la óptica, pintaba zapatos, cogía las camisas de mi padre y las transformaba, les cortaba el cuello, las pintaba con rotuladores permanentes…

En el 89 llega a Madrid…
Sí, a la compañía de cabaret de Dani Panullo. Permanecí unos 10 años trabajando en las diferentes compañías con él y ahí ya estuve muy vinculado al diseño: ayudaba con el vestuario y, al final, me encargaba de él. No hacía la ropa, pero sí me iba al Rastro a buscarla y la transformaba. Paralelamente a eso, también pintaba. Siempre me gustó muchísimo y empecé a utilizar la ropa como soporte para la pintura. Se puede decir que llegué a la moda a través del teatro y de la pintura.

Y en 2001 crea la firma Davidelfin junto a Bimba Bosé y los hermanos Postigo –Deborah, Gorka y Diego–. ¿Cómo se gestó esa unión?
En el 99 arranqué un proyecto que se llamaba ‘sans titre’ (‘sin título’, en francés). Estaba trabajando sobre prendas militares de segunda mano.  Durante todo ese proceso, Gorka, Deborah, Diego y Bimba, que eran mis amigos, me ayudaban todo el tiempo. Gorka hacía fotografía. Diego estaba acabando la carrera de audiovisuales y empezamos a hacer piezas de Super-8. Por aquel entonces ya había prensa interesada en mi y Deborah, que había estudiado periodismo, empezó a echarme una mano con estos temas. Y Bimba, que era mi amiga de siempre, por aquella época se va a Nueva York, empieza a trabajar como modelo de forma profesional y me ayuda siendo la imagen de mi proyecto. O sea, que durante dos años, sin pensarlo, ya estábamos unidos, y nos dimos cuenta de que funcionábamos, de que éramos una máquina.

En 2002 ocurrió la polémica con su desfile de Cibeles, en la que las modelos salían con la cara tapada y se utilizaba simbología cristiana. Mirando hacia atrás, ¿cómo analiza tanto revuelo?
Era un momento en el que la sociedad estaba muy susceptible con un montón de cosas y se malinterpretó. No sé… Ni siquiera con la distancia es algo que se pueda entender. Propuestas así había habido miles: una cara cubierta en moda no era una cosa nueva y Madonna ya había salido en los años 80 con una cruz colgada al cuello. Lo único que puedo pensar es que la diferencia tuviera que ver con la intensidad: hay mucho contenido en nuestro trabajo. Quizá eso fue lo que desató todo. Se preparó un dossier de prensa donde se explicaban las referencias del desfile: al cine de Buñuel, al cuadro ‘Los amantes’, de Magritte… pero parece que nadie lo atendió o quisieron ver otra cosa.

¿Es difícil emprender en la moda española?
Y tanto. Dificilísimo. La canción de Lola Flores nos viene muy bien: «¿Cómo me las maravillaría yo?» (risas). En España la industria va por un lado y el diseño por otro. Y nosotros siempre pensamos que lo de fuera es mejor que lo nuestro. Nosotros hacemos lo que está en nuestra mano. Estamos volcados, sobre todo, en la tienda online, mejorándola continuamente. Son momentos muy complicados, somos inquietos y nos gusta hacer otras cosas… Siempre decimos que la creatividad se agarra a cualquier superficie y esto es lo que nos está ayudando a seguir adelante, el hecho de poder hacer otros múltiples proyectos, porque desde luego de vender ropa no se está viviendo ahora mismo.

¿Qué consejo le daría a un joven diseñador?
Cuando doy clases –colaboro con el Istituto Europeo de Design- les digo que hay cinco factores que son necesarios para que un proyecto tenga éxito: deseo, interés, humildad, alegría y fervor. Su conjungas estos elementos puedes conseguir los objetivos que te marques. Pero es raro que se den los cinco a la vez, siempre hay alguno que falla. Por ejemplo, en  algunos momentos me falta la alegría. Pero no debe ser así. Nos pueden quitar muchas cosas, pero la alegría no. No deberíamos permitirlo.