Bueno, ni el trabajador, ni el parado, ni el ama de casa, ni el mediopensionista. Los datos son tozudos al respecto, por mucho que los políticos del ramo educativo quieran convencernos de lo contrario. Y es que España no habla lenguas extranjeras –por lo menos, no todo lo que debería-.

Además, y aunque éste hecho es evidente, se han realizado diversos estudios que así lo ratifican. Por ejemplo, el que ha firmado Eurostat, donde se pone rápidamente de manifiesto que sólo Portugal y Hungría son menos políglotas que nuestro país. De hecho, España es el tercer país de toda la Unión Europea, empezando por la cola, en conocimiento de idiomas: tan sólo el 47% de la población adulta nacional declara no hablar ninguno -frente al 36% de media de la Unión Europea-.

Y eso que, los que hablan uno, mayoritariamente el inglés, ganan hasta un 15% más que los que no lo hablan. Así, al menos, se desprende del estudio realizado por My Oxford English, el curso de inglés «online» que la Universidad de Oxford ha desarrollado en exclusiva para el mercado español. De ese mismo estudio se obtienen otros datos no menos interesantes y, si se quiere, más curiosos. Por ejemplo que, sin tener ni idea de inglés, podremos ser, sin apenas problemas, electricista, fontanero o mecánico. Pero las cosas empiezan torciéndose de manera irreversible para aquellos que aspiran a ser enfermeros, nutricionistas o fisioterapeutas cuando tan sólo hablan castellano.

El inglés, en cabeza

Claro que hay trabajos y trabajos. Será distinto según se trabaje solo, en una Pyme o en una empresa de más de cien trabajadores, siendo la exigencia de idiomas mayor en estas últimas, por ser las que, normalmente, tienen una mayor actividad en el mercado internacional. En cuanto a los idiomas preferidos por los empleadores, Infoempleo 2009 ya constataba, con datos, algo que la realidad de cada día –una vez más- había hecho evidente hacía mucho tiempo: que el inglés es, de lejos, el idioma más pedido en las ofertas de trabajo. Su demanda está en el 74,57% del total, seguido, muy a lo lejos, por el francés -un 6,84%- y por el alemán, con un 6,55%.

En este sentido, resulta especialmente interesante la investigación hecha por el DEP Instituto, por encargo de la Fundació Observatori per a la Societat de la Informació de Catalunya (FOBSIC). Sus páginas revelan que, en el ámbito universitario catalán, aunque fácilmente extrapolable al resto de España, la penetración de conocimientos del idioma inglés se produce en mayor medida entre los universitarios de las áreas de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), Arquitectura e ingenierías civiles y de producción. El análisis del DEP Instituto también pone de manifiesto que ingenieros agrícolas, forestales y navales tienen un nivel avanzado de inglés. Solamente el 2,8% de estos titulados manifiesta no tener ningún tipo de conocimiento, mientras que el 20,1% considera que su nivel es básico y el 42,2% medio.

Con estudios y opiniones en la mano, una cosa parece clara. Y es que, para optar a un mejor puesto de trabajo, lo mismo que para que la empresa en la que se trabaja sea más fuerte en el mercado, siempre se remarca la necesidad de que los trabajadores -cuantos más, mejor- se puedan manejar con soltura en un idioma extranjero, y no sólo en ese nivel medio, tan subjetivo que suele ponerse en todos los currículums.

Idiomas emergentes

Pocos son los norteamericanos –que no sean emigrantes nuevos o de segunda generación-, británicos o ciudadanos de países angloparlantes que hablen otro idioma que no sea el inglés. El resto de la comunidad internacional piensa que manejándose, con mayor o menor soltura, en el idioma de Shakespeare, se llega a cualquier sitio. Craso error. En todo caso, cabría decir que, hasta ahora, se llegaba a cualquier sitio. Es cierto que el inglés tiene 800 millones de hablantes en el mundo, que el 80% de los correos electrónicosque se escriben en el planeta están en este idioma y que un 45% de las publicaciones científicas están redactadas en inglés. Eso sin contar que Europa absorbe el 70% de las exportaciones. Pero, a partir de ahí, comienza el resbaladizo terreno de los falsos mitos.

Un ejemplo o varios son los que representan países emergentes como China, India, Corea del Sur, Malasia, Indonesia, países del Magreb, Brasil o Turquía. Todos ellos son mercados que, desde hace ya varios años, tienen actividades económicas de primer nivel. Ya no son sólo territorios en los que instalar fábricas de salarios bajos y chimeneas muy contaminantes, perjudiciales para la salud. Allí ya hay ciudadanos que cada vez consumen más productos financieros, bursátiles y de servicios, además de ser importantes centros de distribución y de diseño -sí, allí también se diseña-, por no hablar de que tienen un gran crecimiento demográfico. ¿Qué significa todo esto? Pues ni más ni menos que la empresa occidental que quiera vender en estos mercados tendrá que hacerlo, si desea tener mayores posibilidades de éxito, en las lenguas originales de esos países.

Me suena a chino

El aprendizaje de chino mandarín, árabe, coreano, portugués y otras lenguas, frecuentemente denominadas exóticas y que son, simplemente, poco estudiadas, es creciente. Hoy en día, y cada vez más, saber chino, árabe o algún otro de esos idiomas va a suponer una puerta abierta a infinidad de oportunidades laborales, culturales, de entretenimiento y de acceso a la información. Estudiar esas lenguas es una puerta hacia el futuro. Y es que, según señala el último informe del Foro Empresarial sobre Multilingüismo, creado por la Comisión Europea, «la necesidad de mantener la ventaja yendo más allá del inglés se dejará sentir de forma más acuciante ».

Casos como el ruso, especialmente presente en el mercado turístico español, y, sobre todo, el chino, apuntan en este sentido. China es, para unos, la cuarta economía del mundo y para otros, cómo el catedrático Ramón Tamales, de la Universidad Autónoma de Madrid, el país que habla la segunda lengua en términos de poder adquisitivo.