Moreno, alto, decidido… Trabajaba en una importante empresa de Madrid, tenía un buen cargo y a final de mes ingresaba una importante cantidad de dinero.

Pero cada día estaba más presionado. Cada día pensaba que se le iba la vida en algo que ya no le decía nada.

¡Y se paró! Y miró sus ahorros y dijo: “Es el momento”.

Negocio un buen despido y se fue a Cádiz a disfrutar de la vida, a vivir la vida del chiringuito ¡Qué gozada! ¡Qué envidia! ¡Quién pudiera!

Y pasaron los meses. Acostumbrado al ritmo frenético de su trabajo, echaba de menos algunas cosas de los chiringuitos: rapidez, unas tapitas sabrosas, unos precios ajustados, una decoración integrada en la naturaleza, una atención personalizada y natural, una música… Y un día dijo: «Voy a montar un chiringuito como a mí me gustaría que fueran. Sólo para unos pocos. No quiero ganar dinero. Con no perderlo me basta. Sólo quiero estar a gusto».

Y montó el chiringuito, y el éxito le desbordó. Amplió el chiringuito, abrió otro, y otro… Y otra vez se vio trabajando ochenta horas a la semana, ganando un pastizal…

Y otra vez dijo: ¿Pero qué estoy haciendo? ¡Yo no quiero esto! ¡Me fui de Madrid huyendo de lo mismo que ahora me ahoga aquí!

… Y volvió a irse.

… Y se fue a Ibiza.

Y se enamoró de los mercadillos. Y se enamoró de los puestos que vendían sortijas, pulseras, acuarelas, óleos, artesanías…, y se mimetizó con ellos.

Y aprendió a hacer pendientes, collares…, y le divertía. Le divertía hacerlo. Le divertía estar en el mercadillo. Le divertía compartir su vida con tipos con fulares, sandalias, pendientes, barba de varios días, pelos…

Y se puso detrás de una mesa con cuatro baratijas. Y como no le importaba ganar dinero, podía vender al precio que le pedía el cliente. Aun así, vio que no tenía pérdidas.

Y un día, siguiendo esa filosofía de buen rollito y de encontrar su sitio en el mundo, se fue a India, a China… Y vio telas preciosas baratísimas, piedras que parecían alhajas a precios de risa… Y compró mucho, y volvió a Ibiza, y a los estudiantes que iban pidiendo trabajo les ponía a hacer collares… y les pagaba… Y se hizo con tres, con cuatro, con cinco, con seis puestos en los principales mercadillos, y montó una pequeña empresa de importación, y abrió varias tiendas de…

…Y se dio cuenta de que estaba otra vez en la vorágine de crecer y crecer…

…Y mandó todo a freír espárragos…

Y ahora está en el Caribe. Se ha comprado un barco y de vez en cuando da paseos a turistas… ¿Sabéis cómo acabará verdad? ¿Quizá con varios yates?, ¿Quizá con una empresa de buceo?…

¿…Y no podías ser tú éste? ¿Qué te falta? ¿Qué te sobra?

No te quedes con la historia, que es real. Quédate con que él ha hecho lo que tú has querido hacer docenas de veces. Él se tiró a la piscina aunque, paradójicamente, buscaba huir del agua.

Ramón Ruiz de Velasco