Formación on line

Blogs, wikis, marcadores sociales, videochats, entornos virtuales en 3D… Un profuso glosario de términos ha centrado el debate, al tiempo que creado mucha opacidad, en el aspecto tecnológico de la formación ‘online’. Se ha pasado por alto, sin embargo, hasta qué punto la naturaleza de este tipo de formación —que ha dado al traste con el esquema clásico de la educación a distancia— ha cambiado una relación tan rígida como la que profesores y alumnos, siempre con la superioridad jerárquica de los primeros, han mantenido a lo largo de la historia. La formación ‘online’ ha democratizado y vuelto igualitaria la relación entre los enseñantes y aprendices a los que sólo separa un golpe de ‘click’.

Ismael Peña, profesor de los Estudios de Derecho y Ciencia Política de la Universidad Oberta de Cataluña (UOC), va más allá y desnivela la balanza a favor del alumno, al que otorga una mayor cuota de poder. «Ellos mandan», enfatiza. La primera prueba de que sus alumnos tienen la sartén por el mango llega el primer día de clase, cuando Peña les proporciona el material del semestre al completo. «Tengo que darles todo desde el principio, porque ellos deciden qué van a hacer con su calendario. Aquí no valen las dosis que administra el profesor en la enseñanza tradicional. Yo intento sugerir un ritmo, les doy un plan de trabajo y procuro que, cada tres o cuatro semanas, tengan una actividad que presentar. Siempre sabiendo que quien gobierna son ellos. Yo me anticipo, les doy material adicional… El objetivo es motivarles».

Por sus propias características, los alumnos —adultos de entre 35 y 40 años que compaginan sus obligaciones laborales y familiares con el tiempo dedicado a la formación— son más vulnerables a la tentación del abandono, de ahí que los docentes tengan la obligación de redoblar sus esfuerzos para mantenerlos en clase. «Las presiones del trabajo, la familia… pasan factura. Por eso la tasa de caída es mucho, mucho más alta que en la universidad tradicional», reconoce el profesor de la UOC. «Este aprendizaje requiere tres o cuatro veces más disciplina y motivación que el presencial. Pero, a cambio, el nivel de retención y de aprovechamiento de los conocimientos adquiridos también es tres o cuatro veces superior. Cuanto más das, más recibes», añade Consuelo García, subdirectora académica del Instituto Universitario de Posgrado (IUP), especializado en la metodología ‘online’.

En este contexto, con alumnos que buscan por su cuenta información adicional y toman las riendas de su propio desarrollo, García se resiste a atribuir al profesor del universo virtual el simple papel de «facilitador del aprendizaje». «También tiene que tener presencia dentro de la clase, no puede esperar a que los alumnos pregunten —advierte—. Ha de ser como un líder espiritual, un ‘dinamizador’ del grupo que va por delante, aunque deje un espacio para que la gente comparta».

Jordi Adell, director del Centro de Educación y Nuevas Tecnologías de la Universidad Jaume I, propone tres «roles complementarios» a la tarea de ‘dinamizador’.  En primer lugar, Adell sitúa el organizativo, que consiste en fijar una agenda e impulsar la actividad del grupo, ya sea pidiendo colaboraciones o proponiendo ejercicios a los que se debe dar una respuesta. El trabajo al que obliga su segundo rol, el social, va dirigido a crear un agradable ambiente de trabajo, lo que implica apelar a los alumnos, incitarles a que se expresen en libertad… Por último, el rol intelectual se manifiesta en acciones tales como centrar las discusiones en los puntos decisivos.

Pero, además, sobre el profesor puede recaer el diseño del curso —decisivo para que no sea un mero reproductor de materiales ya editados en papel y se amolde a su público y a su medio— y la elaboración de contenidos. En la Universidad Oberta de Cataluña, las diversas funciones que podría realizar un profesor las dividen entre el coordinador de asignatura, encargado de su diseño y de elaborar, o bien encargar, los materiales didácticos, y los llamados consultores, que se relacionan más directamente con los estudiantes. Ismael Peña, que coordina  Introducción a la Economía para estudiantes de Derecho, trabaja con tres profesores-consultores que no forman parte de la plantilla de la UOC.

Además de conocimientos, Jordi Adell señala que la formación ‘online’ debe procurar el desarrollo de dos tipos de competencias: una ‘informacional’, que capacite para saber buscar datos, cribarlos y, por último, organizarlos —»sería parecido al trabajo de un periodista»— y otra tecnológica.

Inmigrantes y nativos
Precisamente, esa desenvoltura tecnológica que requiere el universo virtual ejerce un efecto disuasorio en algunos profesionales, que no se ven capaces de planificar su aprendizaje en torno a Internet. De acuerdo a la división que el pensador Marc Prensky hizo en 2001, ellos, que han tenido que adaptarse a un nuevo modelo de conocimiento, serían ‘inmigrantes digitales’, mientras que los menores de 25 años, que se criaron al compás de las nuevas tecnologías, reponden a la etiqueta de ‘nativos digitales’.

Sin embargo, tanto Consuelo García como Ismael Peña desmienten que los usuarios del ‘e-learning’ sean expertos en tecnología. «Es aconsejable tener cierta familiaridad con Internet, pero un buen planteamiento de ‘e-learning’ no debe ser técnicamente complejo», razona la directora académica del IUP.

Ismael Peña recuerda que cuando se fundó la UOC, en 1994, se puso en marcha una cooperativa de consumo. «Los estudiantes venían a hacer la matrícula y, después, pasaban a otra aula para comprarse un ordenador». Hoy, Peña asegura que la inmensa mayoría de los nuevos alumnos de la Oberta no sabe qué es un ‘blog’, un ‘wiki’ [sitio «web» cuyos contenidos pueden ser editados por múltiples usuarios] o programar páginas en Internet. Para mitigar el posible desajuste inicial entre los alumnos, se imparte en el primer semestre la asignatura Multimedia y Comunicación.