La llegada del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), más conocido como el proceso de Bolonia, ha cambiado las reglas del juego de las universidades españolas. Con los alumnos rezagados tratando de darse prisa en acabar para no tener que repetir toda la carrera, uno de los aspectos a los que ha afectado primero es a la forma en la que los profesores se preparan para dar clase en los institutos, pasando de un curso de tres meses bastante criticado llamado Certificado de Aptitud Pedagógica a un caótico máster del Profesorado que tan siquiera tiene una duración estandarizada en todas las Comunidades Autónomas de España.

Con cerca de 700.000 profesores en todo el país, estos atienden a los más de ocho millones de chavales que estudian en las etapas no universitarias. De estos, unos 180.000 son docentes de instituto, una profesión complicada y para la que, según creen los docentes consultados, parece que la única manera de prepararse de verdad es entrando en un aula y enfrentándose a los alumnos.

Esa es al menos la opinión de María Aizpuru, profesora de Lengua Española de 52 años que cuando entró en la docencia pública hace más de 25 realizó el llamado Certificado de Aptitud Pedagógica, que constaba de una parte teórica y una práctica. La primera la recibió durante el quinto curso de la carrera de Filología Hispánica, siendo “una formación fundamentalmente de pedagogía y didáctica, con simulacros de clase, Historia de la Educación, debates sobre cómo resolver un conflicto…”. Cuando fue a hablar con su tutora para la parte práctica, esta le dijo que no apareciese por la clase, por lo que tuvo que inventarse una memoria que presentar. Aizpuru aclara que aunque la parte teórica le pareció interesante, no le sirvió para nada a la hora de dar clase.

(Aquí hay que decir que quien esto escribe realizó el CAP en el año 2009, teniendo una experiencia incluso más extraña que la de Aizpuru tras pagar unas tasas de 300 euros. Desde un profesor de adaptación que al enterarse de que había una chica prácticamente sorda en clase no paraba de señalarla como ejemplo, pasando por intentos absurdos de debate con un alumnado desmotivado y que estaba pasando el trámite, hasta unas prácticas en las que tuvo que impartir dos lecciones y asunto arreglado).

La hija de Aizpuru, Paula Morales, también es docente aunque ella ha tenido que hacer el máster del profesorado. Con una duración de un año y un valor de 1.200 euros, como durante su licenciatura, Ciencias del Deporte y la Educación Física, cursó varias asignaturas de Pedagogía, le convalidaron todo el programa, incluidas las prácticas, menos tres materias. Por esto y otros motivos ella considera el máster como un “tontería” que le hizo perder un “año en un trámite”.

Esta opinión de máster del Profesorado como “trámite” es el miedo contra el que advertían los responsables del Observatorio social de la Educación de España de la Fundación 1º de Mayo, de CC OO en un estudio en el que recopilaban las enormes diferencias que hay de una universidad a otra. El director del Observatorio, Miguel Recio, argüía que “no hay que tolerar que se degrade esta formación”, mientras que otros como Flabio Felipe, del Sindicato de Secundaria, creen que la formación es nula y “la gente lo hace porque lo tiene que hacer y tienen que gastarse un dinero que no le sobra a nadie”.

Al preguntarle a la madre e hija profesoras qué sistema preferirían, ambas contestan que el alemán es bueno. Este consiste en unos estudios tipo Magisterio, con un examen final de carrera en el que la puntuación marca tu lugar en una lista para escoger plaza. Luego, durante dos años o un año y medio según el Lander (Estado), se realizan prácticas remuneradas y varios cursos y seminarios de Pedagogía con prueba de conocimientos incluida. Además, una vez al mes una de las clases que da el aspirante a profesor será evaluada. Cuando acaben las prácticas el aspirante deberá hacer otro examen final. Este, junto con la nota de las clases y de los seminarios, decidirá el futuro trabajo del profesor. En caso de suspender tendrá otra oportunidad pero si falla de nuevo se irán al garete tanto los dos años de prácticas como todos los de su carrera.

Puede parecer duro pero, como dice Morales, que residió dos años en Alemania, así “quien vale vale y el que no, no entra”. Muy diferente de considerarlo un trámite.