Lo que hay ahí arriba no es idea mía. Alguien lo tuiteó y me encantó la idea (no recuerdo quién; si no, lo pondría). Tampoco es mi tarjeta de visita, aunque perfectamente valdría. Lo que hay ahí arriba es la esencia de lo que soy. ¿Periodista? ¿Bloguero? Toda carta de presentación necesita tres cosas: que enseñes qué sabes hacer, que enseñes qué ideas tienes en la cabeza y que ofrezcas una forma de contacto. El resto sobra.

Hoy en día internet nos afecta a todos. Da igual que seas mecánico que transportista. Seguro que puedes usar la Red para tu trabajo. Puedes crearte una web con un sencillo mapa de Google enseñando tus rutas; un blog en el que detallar los servicios que prestas y tus tarifas; una página personal en la que cuelgues tus fotografías o trabajos gráficos. Lo que sea.

Todos tenemos un montón de cosas interesantes que contar. Lo que hacemos, lo que nos gusta, lo que somos. Un montón de cosas que quien tenga capacidad para contratarte querría saber. Pero tú y yo sabemos que no van a dedicar tanto tiempo a buscar esa información, ni tampoco a leerse ese resumen de vida que entregas en cada entrevista.

¿Qué hacemos entonces? Aprovecharnos de la Red y ser simples y directos. Toda nuestra capacidad profesional se resume en nuestra reputación digital. Traducido: no cuentes lo que sabes hacer, enséñalo. Yo, que vivo de lo que escribo, no tiene sentido que te diga qué sé hacer. Es mejor que te lo enseñe, que leas lo que he escrito. Así sabrás si te gustan los temas que trato, te seduce mi forma de escribir, si sé hacer entrevistas, reportajes o fotografías.

En mi caso particular lo resumo en esas tres ideas que hay arriba: mi blog, donde escribo y recojo las cosas que plasmo en otros sitios; mi cuenta de Twitter, donde comparto el contenido que hacen otros y me resulta interesante, y además muestro cuál es mi forma de pensar acerca de un montón de cosas; y, por último, mi cuenta de correo. Para que si te intereso, me escribas.

En tu caso, puedes querer cambiar esas tres cosas. Poner un perfil de LinkedIn, un teléfono móvil o tu cuenta en un portal profesional. Será menos personal, pero igual de útil.

¿Sencillo, no? Ahora vamos con las pegas. La fundamental es que la Red no olvida. Si un día dices algo inadecuado, te arrepentirás en el futuro. Si enlazas a una red social y alguien te etiqueta en una fotografía indeseada, ten en cuenta que quien te quiera contratar la verá. Tu imagen pública es todo lo que importa de ti, para bien o para mal. Y siendo que internet nos afecta a todos, tu reputación digital puede ser lo que más pese a la hora de contratarte. O de no hacerlo.