Estar trabajando no te libra de caer en situaciones de vulnerabilidad. Pese a que se ha producido un cambio de escenario en el que la crisis ya no está omnipresente sus consecuencias siguen afectando a muchas personas. Así queda reflejado en el informe de Cáritas “Economía y Personas. Con valores, hay derechos” en el que, cimentado sobre los datos del Informe Foessa, se da cuenta de la labor de esta organización durante el pasado año.

El desempleo persiste y provoca exclusión

A pesar del continuado descenso del desempleo en los últimos años la tasa de paro todavía se mantiene en un14, 7% (datos de la EPA del primer trimestre de 2019). Para poder observar su progreso se compara con el año 2007, justo antes de que diera comienzo la crisis, cuando la tasa de paro estaba en un 7,9%, prácticamente la mitad que el dato actual. Esto significa que todavía hay muchas personas en situación de vulnerabilidad. No tener un empleo multiplica por 2,5 las probabilidades de vivir situaciones de exclusión y por tres la de caer en pobreza severa (ingresar un 30 % de la mediana de renta, es decir unos 355 euros al mes), según Cáritas. Como conclusión, un 46% de los desempleados se encuentran en el entorno de la exclusión.

Hay trabajadores que sufren situaciones de vulnerabilidad pese a tener un empleo

Pero tener un empleo no garantiza que puedas desmarcarte de sufrir riesgo de pobreza. Este puede ser tan precario que no sirva para llevar unas condiciones dignas de bienestar. Las principales causas se hallan en la temporalidad, el subempleo (querer trabajar más horas pero que no te las ofrezcan), o los bajos salarios. Pero el informe profundiza sobre otros desencadenantes que amplían los márgenes de la vulnerabilidad. Por ejemplo, aquellos trabajadores afectados por expedientes de regulación de empleo o los parados que no contabiliza la EPA, como son aquellas personas que se han desanimado en la búsqueda de un puesto de trabajo. Todas estas personas componen el colectivo de población activa con dificultades en el empleo. Son, prácticamente, una de cada cuatro (24,6%) personas entre 16 y 65 años.

Tener un empleo no garantiza el bienestar

 Los hogares cuyo sustentador principal es una mujer son más vulnerables

Siguiendo este argumento, si se tiene en cuenta que la parcialidad es uno de los factores que inciden en el riesgo de exclusión y las mujeres son las que acceden mayoritariamente a este tipo de contratos (73,9%) la conclusión es clara: una vez más, la precarización de las condiciones de vida afecta en mayor medida a las mujeres.

No realizar una jornada laboral completa tiene motivaciones tanto involuntarias, fundamentalmente porque no se ofrecen más horas (un 57,3%), como voluntarias. En estos casos, hay quienes no trabajan más tiempo porque siguen formándose (7,3%) y otros (otras, en su inmensa mayoría, un 95%) no pueden trabajar más horas porque se encuentran al cuidado de dependientes (niños, ancianos o enfermos, un 10%).  A la vista de estos datos, no es de extrañar que el informe señale que en aquellos hogares donde el sustentador principal es una mujer se experimenta mayor grado de vulnerabilidad frente a la exclusión.

Este es el contexto en el que la organización ha presentado los datos correspondientes al año 2018. El número de personas que han participado en el programa de empleo durante todo ese año fue de 72.169 personas. De estas, 13.545 han conseguido un puesto de trabajo.