La Consejería de Educación, Formación y Empleo de la Comunidad Valenciana, acaba de poner en marcha un programa dotado de 300.000 euros que pretende luchar contra el fracaso escolar mediante la promoción de actividades musicales. Para lograr estas subvenciones, que podrán ser de hasta 5.000 euros por centro educativo, deberá presentarse un proyecto que será evaluado en función de su grado de colaboración con otros centros, su calidad y su viabilidad. Esta idea les vino a los gerifaltes tras observar en los datos de las llamadas pruebas de evaluación diagnóstica 2012 -lo que el resto de población llama reválida- que los alumnos que dedicaban dos horas o más a la práctica de un instrumento mejoraban sus resultados en lingüística y matemáticas. Algo que ya sabían los antiguos.

En la Grecia clásica, la educación musical, junto con la gimnasia, era parte fundamental de la instrucción de los futuros ciudadanos, formados en común a cargo del Estado. Roma, que sabía reconocer lo bueno, copió este sistema junto con los dioses y muchos otros elementos de la cultura helena. Durante la Edad Media la música compartía estatus con la geometría, la aritmética y la astronomía; en el Renacimiento el perfecto caballero debía tocar por lo menos un instrumento musical…. Y si Platón consideraba la música como la base de la educación ciudadana con el poder de elevar el alma hacia un nivel superior de perfección, quizá habría que escucharle junto con otros que, con menos repercusión histórica, lo han formulado después de manera más científica.

Así, el catedrático Educación Musical de la Universidad de Granada, José Antonio Rodríguez-Quiles, explica en el artículo ¿Es necesaria una Educación Musical para todos? que la instrucción musical, además de enseñarte a tocar un instrumento e interpretar una partitura, aumenta las “competencias sociales” y “refuerza la inteligencia”, ya que, solo para hacer frente a lo que es una escucha atenta de música, ponemos ”en funcionamiento unas 100.000 células nerviosas”.

Pero Rodríguez-Quiles, con sentido del espectáculo, deja para el final lo mejor de sus datos. Entre 1992 y 1998 el profesor H.G. Bastian, de la universidad de Frankfurt, llevó a cabo un mastodónico estudio en siete colegios de primaria de Berlín, Alemania, para comprobar en la práctica la Teoría de la Transferencia de Thorndike en la educación musical. Esta estipula que “el hacer música en conjunto y en la educación obligatoria puede influir y potenciar positivamente las capacidades cognitiva, creativa, estética, musical, social y psicomotora de la persona, además de las disposiciones motivacionales y emocionales tales como la disposición para el aprendizaje y el rendimiento, la concentración, empatía, autonomía, capacidad de aguante, constancia, crítica ajena y autocrítica, entre otras más”. Ahí es nada.

Los resultados, para los que tuvieron en cuenta las diversas extracciones sociales que se dan en una ciudad con tasas altas de minorías como Berlín, aseguraban que “la educación musical sirve de profilaxis para agresiones de niños”, “desarrolla la inteligencia, el talento, el rendimiento y la creatividad” y puede ser un refugio para los años duros de la pubertad, además de aprender a leer una partitura o a tocar un instrumento.

Y si ya Platón consideraba que “la música es para el alma lo que la gimnasia es para el cuerpo”, ya era hora de volver a hacerle caso.