La reválida, ausente de la educación española desde los años 70, ha vuelto cual Terminator y parece que para quedarse. La nueva propuesta de reforma del ministro José Ignacio Wert, la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa, propone que a lo largo de cada ciclo los alumnos deban enfrentarse a varias pruebas, siendo la que más preocupa la que se hará a final de la ESO y que, de no ser aprobada, impedirá obtener el título en graduado escolar en un país donde no es que falte gente sin una titulación.

La idea que recoge el nuevo borrador de reforma es que los estudiantes deberán confrontar dos pruebas sin efectos académicos al final del tercer y sexto curso de Primaria. El objetivo es “comprobar si se han adquirido las competencias básicas” y se han cumplido “los objetivos” de esta etapa, según el texto de la propuesta de ley. La siguiente prueba será en 2º de ESO y luego llegará la temida reválida de final de etapa, completando el circuito un último examen a final de Bachillerato que sustituirá a la Selectividad y servirá de principal criterio para el acceso a la universidad.

“Las revalidas en el sistema obligatorio son inaceptables por injustas e inadecuadas”, explica Luis Veiga desde Madrid , profesor de 63 años que ha pasado su carrera vinculado con colegios concertados en zonas deprimidas de la capital como Orcasitas, “ya que el objetivo de estos sistemas no es el aprendizaje de los alumnos, sino el máximo desarrollo de sus capacidades personales y los juicios sobre los sistemas no deben centrarse en los contenidos a adquirir, sino sobre los chavales y sus capacidades”.

Veiga entronca con  otros colectivos que han criticado la revalida. Desde los catedráticos de instituto, que la consideran un “sin sentido”, hasta los rectores de las universidades, pasando por los profesores, los progenitores y los propios estudiantes. “Lo que se pretende”, opina Veiga, “no es aumentar la calidad, sino dar la imagen de que los más listos están en tu sistema”.

Gran conocedor de la realidad educativa de Madrid, Veiga cuenta que en la capital, donde la comunidad impuso una prueba a los 11 años con la que desarrolló una clasificación de colegios, los padres buscan los centros por la nota media que han sacado, dando lugar a fraudes como los falsos empadronamientos y haciendo que el día que toca EL EXAMEN, los niños ‘tontos’ se queden en casa.

Ejemplos en la cultura popular de esto pueden observarse en capítulos de Los Simpsons, como cuando vienen los exámenes estatales que determinan los fondos de la escuela y el director encierra a los alumnos menos capaces, o en la cuarta temporada de la serie The Wire, donde un policía mediocre reconvertido a gran profesor se enfrenta a la cruda realidad de que, cuando se acerca ese examen, hay que dejar de enseñar para empezar a prepararlos para que pasen esa prueba y que el colegio no se quede sin presupuesto. Otra gran muestra es el primer capítulo del libro Freakonomics, de Steven D. Levitt y Stepehn J. Dubner, donde se narran las trampas de diferentes profesores del sistema de escuelas públicas de Chicago. El problema de esta es que, a diferencia de Los Simpson y The Wire, sucedió en la vida real.