Tomando un café en un Starbucks tuve una visión. Era un momento en el que estaba desbordado por la cantidad de trabajo continuo a la que tenía que estar sometido. Salía de mi jornada de mañana y, corriendo, a la de la tarde en otro sitio. Al llegar a casa, más trabajo como freelance. Mantener el poder adquisitivo pasa por ir como un loco y no hacer otra cosa que trabajar. Y entonces, me lo pregunté. ¿Y si…?

Esta historia es real. Sucedió. Me sucedió. Fue hace unas semanas. Estaba, como decía, en un céntrico Starbucks de esos con un banco junto al escaparate, viendo pasar a la gente como pasa por las calles de Madrid: corriendo como si se les escapase la vida. Era, como decía, un momento de agobio, de profundo estrés y cansancio, de falta de sueño, de demasiadas cosas que hacer. Y llegaron ellas.

Entraron tres chicas en edad universitaria. Jóvenes, guapas, con una ropa y un aspecto que dejaba bien claro que vivían por allí cerca: no es que estuvieran de visita, o trabajando, en el barrio más caro del país. Vivían allí. Eran tres chicas monas, niñas bien. Tan bien que, entre coletillas, ‘oseas’ y risas colaban palabras en inglés. “La fiesta era, osea, no sé, amazing”. Creía que esas cosas no existían en la vida real, pero sí.

Salieron fuera a pesar del frío y se sentaron en una mesa mientras fumaban y hablaban sin mirarse, tecleando sus móviles con la otra mano, la que no sostenía el cigarrillo. Y ahí estaba yo, con mi taza y mi estrés, mirándolas entre asqueado y fascinado, a través del cristal. Y entonces, me lo pregunté. ¿Cómo debe ser la vida sin preocupaciones?

Imagina que, por algún motivo, a tu familia le sobra el dinero. Pero le sobra a un nivel en el que pase lo que pase nunca va a faltar. La pregunta es quizá estúpida, pero plantéatelo por un momento: si el dinero no es un problema entonces el resto cambia por completo. No necesitas trabajar, ni siquiera estudiar. No tienes que preocuparte por pagar tu alquiler o hipoteca, ni tampoco por si tu familia tiene lo que necesita. Sencillamente, vives.

Sencillamente. Nada menos.

Bebí otro sorbo mientras seguía mirándolas y volví a preguntármelo. ¿Qué haría yo si el dinero no fuera un problema? Pensé entonces en esos que ven acercarse la edad de jubilación y la esperan con miedo: a los 65-67 años hoy en día se está en perfectas condiciones para trabajar y muchos llevan mal el ser pasados a la reserva. Otros, en cambio, ven como una bendición el hecho de que en adelante podrán dedicarse a lo que quieran.

Sí, eso haría. Invertiría dinero en crearme una empresa que no buscara rentabilidad, porque no la necesito. Sencillamente, me dedicaría a hacer lo que quisiera. Sin presión por los resultados, sin presión por las ventas. Sencillamente, a hacer lo que quiero y, de paso, contribuir empleando a gente y materializando una idea. Pensé, claro, en la cantidad de gente que se retiraría a la vida contemplativa. Yo, sinceramente, sería incapaz.

Las chicas finalmente se fueron. Me quedé apurando mi café y experimentando esa momentánea liberación al sentir el alivio que supondría que el dinero no fuera el centro de todo, objetivo y condena. Y me vi reflejado en el escaparate pensando como un idiota. Si pudiera no trabajar, trabajaría, aunque en lo que de verdad me gustara. Y ahí fue cuando me di cuenta de que, así, nunca seré lo suficientemente rico como para que el dinero no sea un problema.