Nadie en su sano juicio negaría que la palabra fracaso está pletórica de connotaciones negativas. Según la Real Academia de la Lengua, es un malogro, un resultado adverso de una empresa o negocio; un suceso lastimoso, inopinado y funesto; una caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento. Así que los estudiosos de los emprendedores utilizan otro término, discontinuidad, para ese resultado adverso de una empresa o negocio. El motivo de este eufemismo es muy simple: el fracaso es algo consustancial a la actividad emprendedora y, ya solo como palabra, da miedo.

“La única forma de aprender es equivocándose”, explica David Urbano, profesor de Emprendimiento en la Universidad Autónoma de Barcelona, “y el proceso de creación de una empresa se hace mucho mejor con la quinta que con la primera”. Urbano razona que “los emprendedores siempre están en crisis” ya que la sola idea “de no seguir el camino del asalariado” supone entrar en una espiral de problemas en la que hay que tener en cuenta “que nada va a salir como en el plan de empresa”.

Una opinión similar comparten Isabel Llorens y Carlota Mateos, fundadoras de la web de búsqueda de hoteles Rusticae. “Los seres humanos aprendemos, sobre todo, de los fracasos”, dice Mateos, “así que no entiendo por qué se pretende que en la actividad empresarial sea diferente”. Ellas mismas reconocen que se “aventuraron en la gestión de hoteles y después de cuatro meses” se retiraron al ver que no eran “capaces” de llevarla a cabo con “la calidad requerida”, pero que esto no les hizo “bajar la cabeza”. “Es fundamental”, sentencia, “perderle el miedo al fracaso”.

Este miedo es una característica que algunos ven en la sociedad española y que no se da en otras naciones. “En EE. UU.”, explica el profesor Urbano, “no es un mal currículum para un banco haber fracasado en un par de empresas”. “En España”, asegura, “es un estigma y ya no te prestan”. Su compañera en la universidad, Claudia Álvarez, ve que, en su experiencia, “los anglosajones no tienen ningún temor a fracasar” e incluso en algunos programas de apoyo al emprendimiento “se privilegia justamente a los que han fracasado antes, pues se considera valiosa su experiencia”.

Álvarez aclara que existen dos grandes grupos de emprendedores muy “polarizados”. Por un lado están los emprendedores por necesidad, “muchas veces parte de la economía informal y que ante la discontinuidad no tienen otra alternativa que buscar un negocio diferente”, pero que en cuanto pueden vuelven al trabajo por cuenta ajena. Al otro, los de oportunidad, normalmente “con un nivel educativo y cultural bueno, optan por ser emprendedores y antes de cerrar una empresa ya tienen una nueva”. “Son muy pocos los emprendedores de oportunidad”, aclara, “que ante el cierre buscan nuevamente la opción de trabajar por cuenta ajena”.

Dentro de este segundo grupo podría encuadrarse a Arturo Boyra y Oceanográfica, su empresa de divulgación científica. Boyra cree que “ciertamente hay mucha gente que lo intenta, a la que no se le da la importancia que tienen para la economía, y son muy pocos los que tienen un éxito mediático denotado”. “Es fácil ver quién ha tenido éxito”, reflexiona Boyra, “pero no lo es tanto entender que detrás de sus logros hay muchos sudores”. Y algunos fracasos.