Puede que su nombre oficial haya mutado desde Formación Continua a Formación para el Empleo, pero su importancia para las empresas y trabajadores sigue siendo la misma o incluso superior. En el ambiente de rápidos cambios del mercado de trabajo en la economía globalizada propia del siglo XXI, los beneficios para ambas partes de la relación laboral posibilitan a los trabajadores la adaptación de sus capacidades y conocimientos y a los patrones, unos empleados más motivados y capaces de solventar las situaciones que se presentan en su día a día laboral.

Uno de los principales actores estatales dentro de esta formación, la Fundación Tripartita para la Formación en el Empleo (antigua Fundación para la Formación Continua), dedicó en 2011 unos 900 millones de euros al tema, con más de 3.600.000 participantes en sus cursos e iniciativas. Desde la Fundación explican que “en el panorama económico actual, las empresas, más que nunca, necesitan unos recursos humanos polivalentes y creativos, con una formación suficiente para impulsar los cambios necesarios que aseguren el crecimiento de las organizaciones”.

Para posibilitar estos RR.HH. “polivalentes y creativos”, la Fundación facilita, desde hace años, a las empresas bonificaciones en las cotizaciones a la Seguridad Social en caso de que realicen la formación que consideren oportuna a sus empleados, además de poner a disposición de trabajadores, tanto contratados, en paro o autónomos, un catálogo de proyectos de carácter gratuito llamado Formación de Oferta. Excepcionalmente, la Administración pone en marcha programas específicos como la actual convocatoria dirigida a jóvenes menores de 30 años, un colectivo con un desempleo sangrante que está sobre el 40%.

Un ejemplo de este tipo de iniciativas está en los Centros del Profesorado, uno de los grupos laborales que, por su contacto con la generación más joven, más tiende a mantener una Formación Continua a lo largo de su carrera. Consuelo Rivera, directora del centro de la gallega Vigo, cree que los docentes “necesitan estar en continua reflexión y mejora de sus competencias profesionales para abordar con eficacia los distintos procesos de aprendizaje y situaciones que se dan en el aula, reflejo de una sociedad compleja y en continuo cambio”. En su centro, la formación más demandada es el conocimiento, manejo y uso didáctico de las nuevas tecnologías, las lenguas extranjeras y las nuevas formas de gestión del aula.

Pero evaluar el éxito de estas iniciativas es complejo. En un documento elaborado por la pedagoga de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) Pilar Pineda, se enumeran las principales dificultades, como la traducción de los resultados a términos económicos, la aplicación de los recursos necesarios, la priorización de la cantidad sobre la calidad o la ausencia de instrumentos de evaluación adecuados. Precisamente esta pedagoga ha desarrollado, junto con sus compañeras de la UAB, Carla Quesada y Anna Ciraso, el Modelo de factores para la Evaluación indirecta de la Transferencia de la formación o FET, un instrumento específico para el contexto español testeado durante 2011.

Aun con todas estas dificultades, el sistema español ha mejorado desde que en 1992 se firmasen los Primeros Acuerdos de Formación Continua, afirman desde la Fundación Tripartita. “Este modelo”, explican, “generó un fuerte impacto en las relaciones laborales al tener empresarios y representantes de los trabajadores que ponerse de acuerdo, constituyendo una de las experiencias más positivas de dialogo social en España”. “En este tiempo”, continúan, “el valor de la formación se ha integrado en el comportamiento de las empresas y trabajadores”. Así que da igual como la llamen, Continua o para el Empleo. Lo importante es que la potencien.