Una quincena de jóvenes veinteañeros forman en círculo sobre sillones, cojines y sillas. En la cabecera de la sala, Marco Avilés y Daniel Silva, los dos fundadores de la Escuela Cometa de Lima, ejercen de moderadores y consejeros mientras los alumnos expresan sus dudas y comparten sus sueños: uno lleva rastreando casi un año la vida de los boxeadores de uno de los barrios más populares de la ciudad; otro pretende hacer una serie sobre el transporte para expiar sus propios miedos –sufre una fobia a las aglomeraciones-; tres chicas aspiran a crear una plataforma en Facebook para cambiar la sociedad. Todos ellos acuden a la escuela porque quieren ser más que meros ‘plumillas’, salir de las anticuadas enseñanzas de la facultad, tomar las riendas de su vida laboral y trabajar en algo que les enamore.

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Para ayudar a los alumnos, desde que abrió la escuela en marzo de 2012, donde ahora están Marco y Daniel, en su día pasó un fotógrafo, una editora, un escritor, un director de cine, otro de teatro, un curador de arte, una ilustradora y hasta un panadero que creó su propio taller. “Algo en lo que creemos es que los expositores pueden ser de cualquier oficio. De todos se puede aprender”, explica Marco, quien junto con Daniel crearon la escuela después de largas sesiones con amigos en las que las ideas iban y venían, se rechazaban y se iluminaban. “La escuela llena la falta de lugares donde se pueda discutir y crear con libertad, sin límite de tiempo ni censura. Cada vez existe menos este espacio en las empresas tradicionales, donde la obsesión por la productividad ha eliminado los foros y momentos de conversación. En las revistas y diarios, los editores hablan cada vez menos y generan poco diálogo”.

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La Escuela Cometa se caracteriza por la libertad absoluta y el torrente de ideas e intercambio. “Compartimos nuestras ideas sin celo porque creemos que, en tanto que son productos mentales, valen cero. Son un gran punto de partida pero solo adquieren valor cuando se materializan”. Los 15 alumnos -mayores de 19 años-  que fueron seleccionados, comparten desde los aspectos más íntimos hasta los más técnicos y crean sinergias. Y seguirán haciéndolo porque a diferencia de un curso tradicional, Cometa no tiene un calendario definido. Las clases, en principio, durarán hasta el infinito.

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Marco y Daniel, cronista y fotógrafo, son dos de los comunicadores peruanos más valorados de su generación –ambos rondas los 30-, y también un feliz ejemplo para sus alumnos. La escuela es solo una pata más de la empresa Cometa, que hace publicaciones propias, reportajes para otras revistas, contenidos para empresas, talleres en compañías, y están construyendo una empresa de contenidos online en sociedad con Telefónica. Entre sus próximos proyectos está regentar un bar, una casa con espacio para alojar empresas amigas y construir un mundo de ‘coworking’ donde las ideas y el ejemplo circulen.

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Ellos, como explica Marco, ya se embarcaron en la nave que les llevará a realizar todos sus sueños. Eso es lo que quieren transmitirles y compartir con sus alumnos. “A veces extraño mi vida de empleado, cuando solo tenía que esperar a fin de mes para cobrar. Pero luego evalúo mejor las cosas y me digo que este camino es el mejor del mundo porque lo es. Trabajo y me divierto trabajando”. Además, para su alivio, ya pueden decir que no son como esos “parlanchines” a los que no soportan. Han empezado a materializar sus sueños, y estimulan a otros para que sigan su propio camino.