Esta huelga general ha sido diferente. No voy a entrar en resultados, ni en valoraciones, ni en motivos. Sino en cómo la mayor tasa de paro de la historia de España y la peculiar situación de los actores que intervenían han afectado a su desarrollo. Las huelgas generales no son lo que eran. Ni mejores ni peores, pero muy distintas.Mucho se ha escrito sobre la huelga general del 15N, y más que se escribirá de las huelgas generales a corto plazo. Parece probable que el segundo paro general que ha vivido España en lo que va de año no sea el último y, si bien para este año quizá no veamos más, a buen seguro el año que viene se convoque alguno más, dada la situación.

La situación, ya sabes. Sólo cuatro de cada cinco españoles en edad y con voluntad de trabajar pueden hacerlo. Y la mayoría lo hacen en condiciones peores a las que deberían, sea en forma de horarios, de salarios o de formación. La crisis lo tapa todo porque casi cuatro de cada cinco españoles en edad y con voluntad de trabajar tienen miedo de perder su trabajo.

¿Quién puede hacer huelga? Quien tiene trabajo, claro. ¿Por qué era la huelga? Fundamentalmente para protestar contra la reforma laboral del Gobierno, aunque la crisis y las medidas emprendidas en otros terrenos también empujaron a muchos a protestar. ¿Y a quién afecta la reforma laboral? Fundamentalmente, a los trabajadores por cuenta ajena. Que cada vez son menos.

¿Y quiénes son? Tal y como funciona la economía española, la enorme mayoría de los empleos se generan en el sector terciario, el de los servicios. En ese sector regularmente los sindicatos tienen poco poder de acción, por lo que su fuerza de cara a la convocatoria de una huelga es menor.

¿Y en qué se traduce eso? En muchas cosas. Por ejemplo, jefes que preguntan a sus empleados si van a hacer huelga, algo que no se puede hacer. O jefes que directamente piden a sus empleados no hacer huelga. También hay métodos más sutiles, como informar de los efectos que tiene hacer la huelga (no sólo se pierde la parte proporcional del sueldo, sino todos los prorrateos correspondientes, así que resulta bastante caro). También hay amenazas de despido, claro. Y, por supuesto, empresas normales que dejan a sus empleados hacer lo que quieren ese día y funcionan como pueden, que es lo que marca la ley.

Donde sí tienen mayor fuerza los sindicatos es en el sector más minoritario de nuestro mapa económico: la industria, las fábricas, y también en los grandes mercados. Sucede lo mismo con subcontratas y empresas públicas, como las redes de transporte municipal, donde sí parece que el seguimiento fue mayor. Son colectivos en los que, además, se tiene cierta tradición de convocar huelgas sectoriales cuando no se alcanzan acuerdos en convenios y recortes. Sectores dados a la movilización, en definitiva.

Pero fuera de ese cogollo de trabajadores para quienes los sindicatos sí son fuertes y que tienen cierta tendencia a movilizarse, hay otros. Destaca la gran masa de gente que no hace huelga por motivos ideológicos o de principios. Los que no la hacen porque tienen un contrato temporal o precario y prefieren no incomodar a la empresa. Los hay que no pueden permitirse dejar de ganar el dinero de ese día. Los hay, claro, que sin trabajo no pueden sumarse a la huelga, por más que salgan a la calle. Y los hay que, sencillamente, no creen en las movilizaciones de este tipo o en quienes las convocan.

Pero resulta que, además, una parte muy importante de ese sector servicios lo componen autónomos, que -aunque las subidas del IRPF y algunos otros cambios legislativos les afectan de lleno- no pueden permitirse fácilmente una huelga. Un trabajador por cuenta ajena que para pierde el sueldo de un día, pero un autónomo tiene plazos, entregas, clientes y otros condicionantes que complican su adhesión.

También está la figura del funcionario, donde los sindicatos tienen gran poder, pero que acostumbran a hacer la guerra por su parte: protestan unidos cuando alguna medida afecta al sector público, pero muy rara vez salen a la calle con el sector privado. Esa divergencia de intereses reduce el impacto de los paros porque, por su posición sensible, los trabajadores públicos son los que más fácilmente pueden romper el normal funcionamiento de un país.

Con ese panorama, y a pesar de que presumiblemente haya más convocatorias de huelga, cabe pensar que, con el mapa dibujado como está, parece complicado mover ciertos engranajes. Lo importante, más allá de todo ello, es algo que, huelga tras huelga, no se produce: que se pueda ir o no ir a la huelga con libertad. Sin que haya empresarios que presionen en un sentido, piquetes que ‘informen’ en el contrario, radicales que destrocen por un lado ni antidisturbios desatados en el contrario.

En medio, como siempre, la mayoría. Los que optan por hacer huelga o no. Los empresarios que respetan la decisión que tomen sus trabajadores y los políticos que, en cívica pelea democrática, toman unas u otras decisiones con el aval del voto ciudadano. Pero esto es España, claro.