Como el sistema educativo es el único en el que prácticamente toda la población, primero como estudiantes y luego como padres, llega a estar vinculada diariamente durante décadas, resulta que pasa como con el fútbol: todo el mundo tiene la táctica ganadora y asegura que a su manera todo saldría bien. Entre los nuevos adalides de una (otra más) revolución educativa está el documental de casi tres horas La educación prohibida, del joven argentino Germán Doin.

En este largometraje, realizado mediante aportaciones de particulares y licenciado en ‘Copylef’, se propone empezar de nuevo, apoyándose en la opinión de decenas de educadores y expertos de varios países latinoamericanos, todos a favor de la tesis del documental y en su mayoría trabajadores de instituciones privadas de enseñanza. Con una dramatización que ataca a los docentes de los colegios e institutos públicos y tradicionales, se les tacha de reaccionarios, castradores, alineantes y retrógrados.

Según ha dicho el autor (estudiante de instituciones privadas) en varias entrevistas, su objetivo era avivar el debate. Cosa que de momento, como demuestra las cifras, ha logrado. Exhibido en más de 800 salas, casi seis millones de personas han dado al botón para reproducir la película en YouTube. A lo largo de sus 145 minutos se explican desde el método Montessori hasta la teoría Waldorf, pasando por la pedagogía Sistémica o democrática, la libertaria, e incluso la educación en casa, prohibida en varios países.

En Argentina, donde como es natural ha tenido mayor repercusión, muchos profesores han considerado injusta la visión autoritaria que se da de su profesión y creen que subyace una defensa de los sistemas privados y las posturas más liberales, mientras que se ataca la idea de que una escuela debe garantizar, mediante un trato igualitario a los alumnos, una cohesión social que impida que los padres con más poder adquisitivo sean los únicos que puedan permitirse una educación de calidad.

Por su parte, el autor defiende en su blog que ni es un ataque a la escuela pública ni una propaganda de las instituciones privadas. Asegura que “aquellas personas que reciben con buenos ojos la película son quienes la leen críticamente, interpretan nuestras verdaderas intenciones y llevan la reflexión a un nivel más profundo”, insistiendo en que “la película ha servido como catalizador para muchas personas que hace tiempo reflexionan críticamente sobre la escuela”.

Mi madre, profesora con casi 30 años en la docencia, se negó a verla tras oír mi descripción.