Aunque suelen confundirse, abandono escolar temprano y fracaso escolar no son lo mismo. Mientras que el primero mide a los chavales que dejan de cursar estudios tras las enseñanzas obligatorias, el segundo cuantifica el porcentual de estudiantes que no logran el título académico mínimo obligatorio en un sistema educativo y lo abandonan. Y como el primero es consecuencia del segundo, resulta lógico que un país que lidera una de las estadísticas, tenga también grandes posibilidades de encabezar la otra.

Este es el caso de España, donde uno de cada tres jóvenes -el doble de la Unión Europea- deja sus estudios antes de terminar la educación obligatoria, y que con su 28% de abandono escolar temprano es el tercer país europeo, solo después de Portugal y Malta, en esta nefasta clasificación. Según la organización para la educación de las Naciones Unidas, la falta de competencias profesionales de los jóvenes les aboca a desaprovechar su potencial, a perder oportunidades de empleo y les impide ayudar a sus respectivos países a volver a la prosperidad. Pero, ¿cuál es el origen de este problema? ¿España siempre ha encabezado estas estadísticas?

Era 1970 y la educación española encaraba su primera reforma desde la ley Moyano de 1857. Llamada la Ley General de Educación, establecía una educación obligatoria verdadera y hasta los 14 años, en la que todos los alumnos que no estudiasen Bachillerato estaban obligados a cursar una Formación Profesional de Primer Grado con una duración de dos cursos, establecida en un decreto de 1975. Durante los años siguientes, esta FP1 creció a un buen ritmo, escolarizando al sector de la población que le era natural.

Pero esta FP1 se enfrentaba a varios problemas, los mismos que la Vocational Educational Training inglesa encaró en su momento: las salidas laborales no eran muy buenas, el prestigio era bastante bajo -por no decir nulo-, la competencia de los alumnos resultaba ser complicada… Un caldo de cultivo perfecto para que las constantes propuestas de reforma tomaran forma con la Ley Orgánica General del Sistema Educativo de 1991.

Según el texto de la ley y con la meta de “dignificar la FP escolar y aumentar su calidad y adecuación al mercado de trabajo”, la LOGSE mantuvo a estos alumnos dentro de la escolarización obligatoria, abocándolos a la salida del sistema. Este porcentual resultó ser un 30% de los estudiantes que fueron a alimentar el abandono escolar temprano, además del aumento del fracaso escolar debido al incremento tanto de la edad de escolarización obligatoria, hasta los 16 años, como del número de alumnos. Estos chavales eran absorbidos por un mercado de trabajo que en los años de la explosión inmobiliaria tenía una inmensa demanda de obra no cualificada.

Entonces llegó el primero de los informes PISA, cientos de titulares y voces alarmantes contra la calidad del sistema. Caldo de cultivo perfecto para las propuestas de reforma.