La palmadita en la espalda, señalar al empleado del mes, que el jefe te felicite por el trabajo bien hecho, en definitiva, el reconocimiento es una práctica que favorece la motivación y alienta para mejorar. Pero no en todos los lugares. En Japón, que tu superior tenga algo que decir sobre tu trabajo solo puede significar que algo va mal.

Según las costumbres laborales japonesas, el feedback solo se produce en sentido ascendente.  El empleado debe indicar cada tanto qué está haciendo y dar información puntual sobre el progreso de sus tareas (hou-ren-sou). Si se va al descanso, si ha finalizado el proyecto o una parte de él lo notificará a su superior. El jefe solo pedirá explicaciones cuando no esté de acuerdo. Por lo tanto, un comentario del superior nunca será tomado en sentido positivo.

Nomikai, recibir feedback mientras se toma algo

Derivado de este sentido de la discreción, felicitar a un empleado delante de toda la plantilla, en el mundo nipón, lejos de ser motivo de orgullo se convertirá en algo desconcertante que puede hacer pasar un mal rato a un empleado más que recompensarlo. Lo hará resaltar delante de los demás en una cultura que se enorgullece de haber establecido una aceptable igualdad entre trabajadores.

Así que para hablar sobre el desempeño de un trabajador se prefiere utilizar los espacios denominados nomikai, esto es, nuestro afterwork. Comentar la jornada al terminar regada con unas cervezas o sake y que la conversación se produzca de una forma distendida.

La muerte por estrés o karoshi

Pero este nivel de implicación de los empleados en su puesto de trabajo puede llegar a tener consecuencias desastrosas. Es alarmarte el índice de suicidios de trabajadores causado por interminables jornadas laborales. Estas muertes son tan habituales en el país asiático que han dado lugar a un término, el karoshi , muerte por estrés, que el gobierno nipón trata de atajar desde 1987 proponiendo medidas a las empresas para incentivar el establecimiento de jornadas menos extenuantes.

Una de las más recientes son los “Premium Friday”. A iniciativa del gobierno y un grupo de empresas, los trabajadores podrán salir un viernes al mes a las tres de la tarde. La idea es incentivar el ocio, y de paso revitalizar la economía tras la crisis, para evitar el alto índice de muertes por exceso de trabajo. Según datos ofrecidos por el Ministerio de trabajo japonés en 2015 se produjeron 2.159 personas suicidios relacionados con el trabajo, cuya causa fue el cansancio en 675 ocasiones.

La jornada laboral japonesa es de 40 horas semanales aunque un tanto por ciento considerable de las empresas, el 25%, reconoce que sus empleados llegan a realizar hasta 80 horas extras al mes. Y a esto le sumamos los pocos días de vacaciones que se toman. Un empleado japonés no disfruta de más de nueve días de vacaciones anuales. Exceder esta cifra está considerado una deslealtad a la empresa.

El trauma de despedir a un trabajador

Otra práctica laboral llamativa es la forma de despido cuando la empresa se quiere desprender de un trabajador. El despido como tal está muy mal visto. El vínculo entre la empresa y empleado es tan fuerte como pueda serlo el familiar. Los empleados pasan toda su vida laboral en la misma compañía.

La cuestión es que la crisis que atraviesa el país ha puesto en tela de juicio esta tradición. Cuando las empresas se ven obligadas a prescindir de determinados trabajadores no saben bien cómo gestionarlo ya que despedir a un trabajador está considerado tabú.

Por el momento la solución son las llamadas “salas de destierro”. Lugares a donde van a parar los empleados para los que no se encuentra ningún cometido. En estas salas se les asignan tareas vacías de contenido, tediosas con el fin de que finalmente se abandone la empresa.

La lealtad del trabajador a la compañía tiene un carácter casi sagrado producto de una cultura laboral de intenso compromiso con la corporación que empezó a fraguarse tras la II Guerra Mundial y que fue lo que propició el resurgimiento en tiempo record de un Japón devastado. Es lo que se ha considerado como el milagro japonés.

Este nivel de compromiso también implica una fuerte responsabilidad sobre el trabajo propio. Los empleados se sienten empoderados para tratar de mejorar y corregir sus tareas si así lo consideran.