Podríamos ponernos líricos y decir lo bonito que sería saber portugués para leer a Pessoa o a Saramago en versión original. O para desentrañar qué es la saudade (una de las palabras de más difícil traducción del mundo) que cantan los fados. Pero su aprendizaje tiene un flanco eminentemente práctico. Se habla en parte de África, e, importante, en Macao, puerta de entrada a China; es idioma oficial de la Unión Europea, y de MERCOSUR. Pero el principal aliciente para hincar codos, hoy por hoy, se llama Brasil, uno uno de los países emergentes, de los BRIC (Brasil, Rusia, India, China), la séptima economía del mundo, y subiendo, con un crecimiento de más del 7% y un mercado de cerca de 200 millones de habitantes cuyo PIB duplica el de México y quintuplica el de Venezuela o Argentina.

En este vasto y efervescente territorio (quienes lo han visitado recientemente lo comparan con la España del milagro económico de hace una década), la lengua de Shakespeare flaquea como herramienta de comunicación. Los brasileños tienen un nivel de inglés bajo según el informe EF 2011 (English Proficiency Index-EPI EF) realizado por la empresa de enseñanza de inglés Education First. Más bajo incluso que el de los españoles, según este estudio, ya que ocupan el puesto 31 del ranking mientras que nuestro país se sitúa en el 24.

“Bueno, ¿y qué? El portugués es un idioma muy parecido al mío, nos entendemos, ahí tengo ventaja”, podría pensar un castellano-parlante. Y llevaría razón… hasta cierto punto. Ambas lenguas romances del latín tienen muchísimo en común, lo que ha propiciado el surgimiento de eso que se conoce como portuñol, ese batiburrillo a lo Babel tan eficaz para comunicarse en el día a día, para preguntar por una dirección. Pero con lagunas y carencias cuando se trata de hacer negocios, con claridad y sin malas interpretaciones. Hay quien defiende que una empresa extranjera que aspire a implantarse por estos lares, mejor que se vaya buscando a un alto ejecutivo que sepa portugués. No hay más que darse una vuelta por internet para constatar cómo prolifera la oferta para aprenderlo en Argentina, o en Perú.

Dominar el idioma de la primera economía latinoamericana se hace necesario para avanzar más rápido, según inciden varios analistas de este continente en distintos artículos e informes. Primero porque el marco legislativo (tributos, normas, creaciones de sociedades) puede llegar a ser complejo. Segundo, porque leer la profusión de publicaciones económicas sin traducir que existen en el mercado editorial brasileño puede resultar muy útil para obtener una información de contexto. Y tercero, porque la burocracia del gigante suramericano (una de las más desesperantes de América Latina en opinión de los expertos) ya es suficientemente ardua como para echarle encima la barrera idiomática.

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