El reciclaje profesional es necesario. Escuchamos esta frase continuamente. Y es cierto, muchas profesiones evolucionan vertiginosamente a medida que se introducen avances tecnológicos y nuevos procesos de organización. Los más jóvenes se adaptan con más facilidad porque están empezando. Pero nosotros…, ¿qué podemos hacer si nuestro entusiasmo no es el mismo que cuando teníamos veinte años y hemos consolidado nuestra forma de trabajo?

Empecemos por asumir que el cambio es necesario. A veces estamos tan metidos en nuestra burbuja que no nos damos cuenta de que alrededor las cosas están cambiando de manera imparable. Nos pensamos que nuestro mundo es estable en esa burbuja, pero en realidad es muy frágil y puede pincharse en cualquier momento. Si no iniciamos un proceso de reciclaje, cuando caigamos a tierra nos parecerá que todo ha cambiado demasiado como para poder renovarnos de repente. Sin embargo, si vamos introduciendo cambios poco a poco, el resultado será muy distinto. Adquirir nuevas capacidades afianzará nuestro perfil.

Hay que admitir que el reciclaje a ciertas edades es más lento, sobre todo en el caso de tener que aprender una nueva tecnología. Si el proceso de actualización lo llevamos a cabo en la empresa, tendremos oportunidad de observar la rapidez de las nuevas generaciones. En estos casos hay que hacer un ejercicio de humildad. No estamos acostumbrados a que el becario nos supere en aptitudes en el trabajo, sin embargo, hay que modificar el enfoque. Durante el proceso, se presenta la ocasión admirar las ideas frescas que entran en la profesión. Hay un intercambio entre los trabajadores de generaciones distintas: unos representan la experiencia y otros la renovación. Aprovecha el momento y déjate contagiar por su entusiasmo.

Si se asume la necesidad de reciclaje, pronto se estará al mismo nivel. Que corran los más veloces, que ya llegaremos nosotros también. En este caso el objetivo es llegar y no abandonar. Cuando hayamos conseguido incluir las nuevas capacidades en nuestro día a día, descubriremos las ventajas en incluso nos reiremos de cómo hacíamos antes las cosas.

Pero en ningún momento hay que despreciar los años trabajados. Una experiencia consolidada hace que se generen formas prácticas de adaptar las tecnologías y los nuevos procesos. Nuestra trayectoria tiene un valor necesario dentro de una organización. Alguien sin experiencia o que proviene de otro sector, que suele ser el caso de los que enseñan una tecnología en una empresa, no conoce los intríngulis de la profesión. Hay que considerar y poner en valor lo que hemos aprendido durante tantos años, con el fin de adaptar la tecnología y que se convierta en una auténtica herramienta a nuestro servicio.

Ahora bien, tampoco hay que pasarse. En ocasiones la lentitud de nuestro aprendizaje proviene en parte de un análisis negativo. Se cuestiona tanto la entrada de la tecnología, que se llega a generar un rechazo hacia ella. Hay que darle la vuelta al pensamiento, centrarse en lo que puede aportar como herramienta o como nuevo proceso y trabajar para incorporarlo de una manera efectiva. Aquí es donde empieza a surgir el entusiasmo por aprender.

Ya hemos asumido la idea de reciclarnos y hemos conseguido obtener nuevas capacidades. Ahora sí podemos ofrecer nuestro perfil muy mejorado. Quizá no alcanzamos el nivel de actualización de los más jóvenes, pero nuestros conocimientos no se han quedado obsoletos y, además, están integrados con nuestra larga experiencia. ¿No resulta esto un gran atractivo?