Hay ciertas cosas imprescindibles en toda empresa: ordenadores, mesas, sillas… Hay otras, sin embargo, que una empresas puede tener o puede no tener. Si no están no pasa nada, pero si están quizá la vida de los empleados sea mejor. Incluso, quién sabe, puede influir en su rendimiento.No hace falta ser como Google, cuyas oficinas en Zurich ilustran esta pieza. Se trata de algunas cosas que hacen la vida laboral un tanto más feliz. A saber:

En toda oficina debe haber una máquina de café. No es imprescindible, claro. Pero casi. Es más, puestos a pedir, no vale cualquier máquina de café. Tiene que ser de buen café. Ese líquido aguado con leche en polvo no es café. Ese brebaje que conlleva inexorablemente una rápida visita al baño tampoco es café. No hace falta que sea la mejor cafetera del mundo, sencillamente que haga un café decente.

Acompañando a ese café sería genial tener un espacio donde tomárselo. Cierto es que la mayoría de gente se toma el café delante del ordenador, trabajando. Pero a veces proporcionar un espacio de asueto donde la gente se tome dos minutos, charle, hable por teléfono o sencillamente esté, mola. Un espacio así sirve para liberar tensiones, conocer a la gente y distender el ambiente.

Café, una habitación donde tomarlo… La de tiempo que se va a perder ahí, pensarás, estimado lector. Puede ser, pero quizá no. Dime, ¿cuánto tiempo invierten tus trabajadores en bajar a la calle a fumar? Pon que en ocho horas de jornada laboral bajen dos veces. Es un cuarto de hora, quizá algo más, de su jornada laboral que los no fumadores no disfrutan. Imagina si pudieras evitar que bajaran y redujeras ese tiempo: instala un ‘fumadero’ en la terraza o el balcón de la oficina, que casi seguro que tiene alguno. Así podrán fumar, no perderán tiempo bajando y subiendo y, además, estarán localizables si sucede algo urgente.

¿De qué sirve todo esto? Si te fijas lo que se propone no es tanto un café, una cafetería y un fumadero, sino espacios de socialización. Lugares para que tu gente hable, descanse y recargue energías. Eso puede que consuma algo de tiempo, pero seguro que compensa a nivel de productividad.

¿Y qué más pedimos? Huir de los edificios ‘inteligentes’. Esos que te hacen abrigarte en verano y sudar en invierno. Esos en los que es imposible abrir las ventanas. Esos que, en cuanto se va la luz, todo es un caos. Las oficinas tienen que ser lugares normales, agradables, iluminados, con temperatura normal, a ser posible con luz natural y una decoración que no esté sacada de un capítulo de ‘Cuéntame’. Tampoco es complicado.

¿Más aún? Sí, por favor, que la oficina esté en algún lugar bien comunicado. “Bien comunicado” no es el centro de la ciudad, sino algún sitio donde llegue algún tipo de transporte. La opción del polígono industrial puede ser práctica para algunas cosas, pero para la gente que no conduce puede ser una tortura. Y si no puede ser un lugar donde pase cerca el tren, el metro o el autobús, al menos que se pueda aparcar. Pero si te llevas tu empresa al lugar donde el viento da la vuelta y encima los coches se agolpan encima de las aceras será entendible que algún trabajador acabe viviendo un día de furia.

Sigamos pidiendo. A lo mejor no hace falta esa carísima y aburrida cena de Navidad. Igual con unas cervezas y tapas informales basta, la gente de pie, charlando todos con todos. Algo menos encorsetado, más dinámico. Y no te gastes el dinero en regalos absurdos en forma de cesta: o haces una buena cesta o destinas esa cantidad a dar un aguinaldo, que la cosa no está para según qué cosas.

Y, por favor, es imposible hacer un buen trabajo sin buenas herramientas. Si tu conexión a internet es mala, los ordenadores no van ni cuesta abajo y cosas así se resentirá enormemente la productividad.

El resto lo daremos por sobreentendido: que la empresa sea flexible para que un trabajador pueda ausentarse ante una urgencia igual que el trabajador puede tener que hacer más horas de la cuenta un día puntual; que se paguen por adelantado gastos como taxis, desplazamientos y demás que el trabajador no tiene porqué pagar de su bolsillo; que se remuneren adecuadamente las horas extra y festivos; que se ayude a conciliar; que se respeten los convenios laborales…

Por desgracia muchas de todas estas cosas son quimeras. Sobre todo desde la crisis, que ha hecho que los trabajadores casi agradezcan las bajadas de salarios y derechos para evitar ser despedidos. Como si eso, por desgracia, fuera a servir de algo si las cosas van mal.