Antes que nada, “Cualquier parecido con la realidad deberá considerarse mera coincidencia”. Muchos, si conocéis la serie y al personaje de Walter White, os preguntaréis ¿qué pinta una entrada sobre traficantes y criminales en un blog sobre empleo y emprendimiento?

La respuesta es: de Breaking Bad se pueden extraer excelentes pistas clave para llevar a una empresa por el camino del éxito y la consolidación. Eso sí, aclarando, desde ya, que hay que abstraerse de que el negocio del que hablo es el de la droga y la “cocción” de metanfetamina, y que la transformación del personaje principal en una suerte de alter ego malvado es probable que le lleve (la temporada final aún se está emitiendo en Estados Unidos) a su destrucción.

Pero la historia de Walter White y Jesse Pinkman, mirada con ojo emprendedor, puede darnos algunas lecciones:

Walter y su socio tienen obsesión por la excelencia del producto. Trabajan duro para obtener la mejor “meta” e introducirla en un mercado endogámico donde no es nada fácil operar. Walt cuenta con una formación química que le hace ser experto en lo que hace, y Jesse con experiencia en el mundo de las drogas y el funcionamiento del mercado. Pese a las dificultades iniciales, ese empeño en perfeccionar su producto les abrirá las puertas del éxito, les hará conocidos en el sector gracias al “boca a boca”.

Crean una imagen de marca. Ellos, Walt y Jesse, son los tipos de la “meta azul”. Nadie hace nada igual en el mercado, y operadores y policía, aunque no sepan quién es el fabricante, saben que hay un producto destacado, único en el mercado. Esa obsesión por la excelencia les lleva a inventarse un producto que habla por sí solo, y que siempre, siempre, ofrece la misma calidad. Se allana su camino hacia el éxito.

Se someten religiosamente a un método de trabajo: ser metódico, producir cantidades medidas, entregar los pedidos a tiempo y no ceder a la presión del precio (algo que rebajaría la imagen que el mercado tiene del producto) da fiabilidad a los compradores, que preferirán pagar un precio algo más alto por una mercancía que saben, sin duda, que les satisfará.

Las cuentas claras. El negocio es de dos personas, Jesse y Walt, Walt y Jesse, cada una con su cometido, y las ganancias igual. Sin discusión, cuando uno cobra la mercancía, se lo reparten al 50%.

Sin prisas, sin pausas. El trabajo constante, sin querer (al menos al principio) abarcar más de lo que pueden proveer a sus clientes, también hace que su mercancía se distribuya lenta pero sólidamente, los intermediarios empiecen a conocerla y demandarla porque han oído hablar de ella. La competencia, poco a poco, se va debilitando, los clientes quieren ese producto y no otros, ni imitaciones, y el proyecto arranca definitivamente.

El negocio va creciendo, y es esencial crearse una red de contactos que contribuyan a hacerlo cada vez más grande. Al principio la distribución corre a cargo de Jesse, pero la demanda aumenta y es preciso contratar vendedores. El siguiente paso es que el producto se hace la estrella en el mercado, el más buscado, y los grandes distribuidores se fijan en él.

Un paso lógico es el que les sucede a los protagonistas: su posición en el mercado es fuerte y otro gigante, en lugar de competir, sabe admirar el potencial de mercancía y productores y les ofrece trabajar para él. Es una opción, y si la oferta es buena, ¿por qué no? Aunque el profesor de marketing y dirección comercial en escuela de negocios y director de división de la farmacéutica BBraun, Alberto Sábado, opina que esa opción es un error, porque provoca la cesión de su marca a un tercero. Con ello pierden el control del mercado y el contacto con el cliente final. Sábado extrae una doble moraleja de este comportamiento: “procura no perder nunca el contacto directo con el cliente final” y “crecer no siempre es bueno, el crecimiento ha de ser controlado, evitando grandes saltos que perjudican si no se está bien preparado”.

Los protagonistas de Breaking Bad enseñan las buenas y malas prácticas para lograr que un producto o un negocio triunfen en el mercado. Aunque su final puede que no sea feliz (obviamente, el mercado en el que operan es de altísimo riesgo), sí puede serlo el nuestro con sus lecciones.